Hay historias que se cuentan en dos partes: la del que se va y la del que vuelve. La de Fernanda Giordana tiene las dos. Nació y creció en Sierra Grande, una localidad rionegrina de poco más de 6.000 habitantes enclavada entre la estepa patagónica y el Atlántico, a unos 70 kilómetros de Punta Colorada, donde hoy trabaja. Cuando terminó la secundaria no había opciones: ni de estudio, ni de trabajo. La decisión fue inevitable. "No había opción de estudio en la localidad, no había opción de trabajo", recuerda. Así que se fue.
Eligió la Universidad Nacional de Río Negro y se instaló en Villa Regina, en el Alto Valle. Cinco años de carrera, a cientos de kilómetros de su familia, estudiando algo que no era obvia en ese momento para alguien de una ciudad costera de la Patagonia: Ingeniería en Biotecnología. Una carrera que combina biología molecular, procesos industriales y gestión ambiental, y que le abría puertas en distintos sectores productivos. Cuando terminó, no imaginaba que el sector que iba a cambiarle la vida estaba esperándola donde siempre había estado.
El proyecto que cambió el mapa de su provincia
Punta Colorada no era, hasta hace unos años, un lugar que apareciera en los titulares de la industria energética. Era un punto en la costa rionegrina, conocido por quienes vivían en la zona, invisible para el resto. El VMOS lo cambió. El proyecto Vaca Muerta Oil Sur, el oleoducto que conectará la Cuenca Neuquina con el Atlántico para exportar petróleo al mundo, eligió esa costa para instalar su terminal marítima, sus tanques de almacenamiento y la infraestructura offshore que hará posible que grandes buques carguen crudo patagónico con destino a los mercados internacionales.
Esa decisión trajo obras, empresas, ingenieros y técnicos de todo el país. Y también trajo a Fernanda de vuelta. Hoy trabaja en CBI, la empresa a cargo de la construcción de los tanques de almacenamiento del proyecto, como responsable de Medio Ambiente. Una posición de supervisión en una obra de escala histórica para la provincia, a pocos kilómetros del lugar donde creció.

"Para mí es algo muy lindo poder estar trabajando en Punta Colorada, estar en mi casa, en mi tierra y poder estar desarrollando una carrera profesional también", dice, y en esa frase hay algo que va más allá de la satisfacción personal. Es el reconocimiento de que durante años ambas cosas no eran posibles al mismo tiempo en Sierra Grande.
El medio ambiente como vocación
Su trabajo en el VMOS no es periférico ni de apoyo. Fernanda gestiona todos los parámetros ambientales de la construcción de los tanques: residuos, permisos, análisis de laboratorio, capacitaciones al personal, donaciones de materiales reciclables. Es la persona que asegura que una obra de esa escala cumpla con los estándares ambientales que la provincia y los contratos internacionales exigen, y que cualquier impacto sobre el entorno quede documentado, controlado y mitigado.
"Empieza el día, te tomás el primer café y después salen millones de cosas", describe con una sonrisa que transmite más energía que agotamiento. "El área de medio ambiente es bien dinámica, siempre hay cosas nuevas, siempre hay cosas para resolver, siempre hay cosas para mejorar. Aburrir no me aburro, la verdad que las jornadas se pasan bastante rápido”.
La biotecnología que estudió en Villa Regina encontró en la gestión ambiental de una gran obra de infraestructura energética su aplicación más concreta. Los análisis de laboratorio, el monitoreo de parámetros, la gestión de residuos especiales: todo lo que aprendió tiene uso en el día a día de Punta Colorada. Y el medio ambiente, dice, siempre estuvo presente en ella como una vocación antes de convertirse en una profesión.
Ser mujer en la construcción
Hay algo más que Fernanda atraviesa en su trabajo cotidiano y que prefiere nombrar sin dramatismo: la construcción es históricamente un rubro masculino, y ella ocupa un cargo de supervisión dentro de él. "Lo que sí se nota desde el principio es que es un ambiente que no está acostumbrado a la presencia femenina", reconoce, "pero nada, tratando de enriquecer los espacios y llevándolos siempre desde un lugar amistoso y amoroso”.
Su lectura sobre la resistencia que puede encontrar es precisa y generosa al mismo tiempo: "Hay muchas cosas que son falta de costumbre, no es otra cosa”. No lo vivió como hostilidad sino como extrañeza ante algo nuevo, y eligió responderle a esa extrañeza con educación, comunicación y presencia constante. "La verdad que yo he sido bien recibida y no he tenido grandes dificultades por ser mujer", dice, y el tono no es el de quien minimiza sino el de quien evalúa con justicia.
El grupo de trabajo en CBI le ayudó. "Trabaja mucha gente buena, todo el mundo es respetuoso, todo el mundo es responsable, comprometido con el trabajo", describe. En una industria donde el ambiente de obra puede ser hostil, eso no es un detalle menor.
Sierra Grande y la vuelta que no siempre ocurre
La historia de Fernanda podría haber terminado de otro modo. Podría haber estudiado, conseguido trabajo en otra provincia y quedado ahí. Es lo que pasa con una parte importante de los jóvenes que crecen en localidades pequeñas de la Patagonia: se van a estudiar y no vuelven porque el lugar donde crecieron no tiene nada para ofrecerles en términos profesionales.
El VMOS no resolvió ese problema de manera general, pero sí lo resolvió para ella. Una obra de 3.000 millones de dólares en construcción a 70 kilómetros de su ciudad natal creó el puesto que le permitió hacer lo que pocos pueden: ejercer su profesión y estar cerca de su familia al mismo tiempo.
"Para mí es algo muy lindo", repite cuando habla del trabajo, y la frase no suena a lugar común sino a algo genuino. Porque Fernanda sabe bien lo que significa no tenerlo, haber tenido que elegir entre crecer profesionalmente o quedarse cerca de casa. El VMOS le devolvió las dos cosas juntas.







