Hay decisiones que se toman de golpe y hay decisiones que se van cocinando durante años. La de Federico Rodriguez pertenece al segundo grupo. Desde los 20 años sabía que tenía algo que decirle a la gente, que le gustaba pararse frente a otros y hablar, que la oratoria no era para él un recurso sino una vocación. Lo que tardó en encontrar fue el nombre de eso, el lugar donde llevarlo y el momento para soltar lo que tenía.
Nació en Villa Domínico, provincia de Buenos Aires, en una familia que desde temprano le enseñó más sobre la adversidad que sobre la calma. Su madre enferma de cáncer, dos hermanos mayores que eligieron otro camino, un barrio que no ayudaba y una infancia que él mismo describe con una honestidad que desarma: "Fue feliz, aunque conflictiva”. A los 13 años tomó la decisión más importante de su vida, venirse a Neuquén.
El chico que aprendió a ser cuidado
Su padre ya vivía en la capital neuquina. Cuando los conflictos en Buenos Aires se hicieron demasiado grandes, apareció esa posibilidad y Federico la tomó. No fue una decisión de adultos sobre un chico: fue él quien la pensó, quien la eligió. "Yo lo decidí, lo pensé", repite, y en esa frase hay algo que dice mucho sobre lo que vino después.
El cambio fue cultural, climático, social y también emocional. Lo que más lo impactó no fue el himno neuquino que cantaban en la escuela ni el ritmo de vida diferente sino algo más simple y más profundo: "Aprendí a ser cuidado. Era algo completamente nuevo para mí que alguien quiera cuidar de mí y yo no tenga que cuidar a nadie”. Un chico de 13 años que en Buenos Aires había aprendido a hacerse cargo de lo que no le correspondía llegaba a la Patagonia a descubrir que podía soltar eso.

Hizo los primeros años de secundaria en el CPEM 29 y los últimos tres en el IFES de Plottier, donde el entorno de compañeros que estudiaban y debatían a los 15 o 17 años le mostró un estilo de vida que él buscaba. Siempre le gustó estudiar. Lo entendió desde chico como la única salida posible de todo lo que no quería repetir. "Siempre quise estudiar porque sabía que era lo que me iba a sacar de todo lo que en mi infancia viví y siempre lo tuve como un objetivo de vida", dice, y lo dice sin dramatismo, como quien constata un hecho.
Medicina, un click y la psicología
Terminada la secundaria con título de perito mercantil, Federico se anotó en Medicina en la Universidad Nacional del Comahue en Cipolletti. Duró seis meses. La decisión de irse no fue impulsiva sino analítica, muy propia de alguien que procesa todo antes de actuar. Un video de un cirujano de Miami que comparaba los años que demanda Medicina con lo que se podía construir en el mismo tiempo estudiando otra carrera le terminó de ordenar la cabeza. La cuenta era clara: con el tiempo que lleva recibirse de médico y especializarse, alguien que elige otra carrera puede acumular una licenciatura y tres o cuatro posgrados. "Hice el click y dije, es interesante”.
Un proceso vocacional después, la psicología apareció como respuesta obvia y Universidad de Flores como el camino. Desde el día uno sintió que era su lugar. Descubrió la orientación laboral, los procesos de evaluación de desempeño, la psicología aplicada al mundo del trabajo. Se recibió a los 24 años, en tiempo y forma, viviendo con compañeros de carrera en un departamento donde el estudio era el eje compartido.
Tres años y medio en el yacimiento
La industria llegó como muchas cosas: por una pasantía que derivó en trabajo estable. Mientras cursaba tercer año, la universidad le ofreció sumarse al área de pasantías institucionales. Ahí empezó a seleccionar perfiles, a gestionar procesos, a entender cómo funciona una organización desde adentro. Cuando terminó, ingresó como analista en una empresa de servicios petroleros donde se quedó tres años y medio.

Empezó en capacitación y desarrollo -descripciones de puestos, evaluaciones de desempeño, planes de carrera- y con el tiempo fue migrando hacia la gestión de nóminas, el seguimiento médico y la administración de recursos humanos. El trabajo era sólido, el horario de ocho a cinco con las extensiones que la industria impone, y en paralelo también ejercía como docente universitario en la Universidad de Flores y atendía a sus propios pacientes. Tres trabajos simultáneos durante casi tres años.
Pero algo no cerraba. La estructura operativa de recursos humanos lo alejaba cada vez más de lo que realmente le gustaba: el contacto con las personas, el desarrollo del potencial, la palabra como herramienta de transformación. "Llegó un momento donde tuve que empezar a decidir", dice.
Jóvenes Protagonistas
La renuncia no fue un salto al vacío sino un paso calculado. Tenía ahorros, tenía dos fuentes de ingreso que sostenían el momento y tenía un sueño que llevaba cuatro o cinco años tomando forma en su cabeza. Lo llamó Jóvenes Protagonistas: una comunidad para que jóvenes de Neuquén encuentren herramientas para construir su identidad, elegir con criterio y animarse a soñar en voz alta.
El formato alterna entre encuentros que él mismo conduce -sobre valores, creencias, hábitos, comunicación, construcción personal- y charlas de invitados cada quince días: emprendedores, nutricionistas, médicos, especialistas en recursos humanos, creadores de contenido. La idea es llevar criterio científico a conversaciones que muchos jóvenes no tienen en casa ni con sus amigos. El primer evento será el sábado 27 de junio en el Hotel Hilton.

La semilla de todo esto la plantó lo que Federico vio en años de consultorio y de aula: que hay muchos jóvenes con talento e ideas brillantes que no tienen el espacio para contarlas ni el entorno que les sostenga el sueño. "Quiero que ese niño, esa niña, ese joven, puedan tener ese espacio", dice, y cuando lo dice no suena a slogan sino a algo que viene de adentro, de alguien que sabe bien lo que es crecer sin ese espacio y que decidió, en algún momento, que eso podía cambiar.







