Cuando se habla de Vaca Muerta, el foco casi siempre está en Argentina. En las inversiones, en la producción, en el RIGI, en los proyectos de GNL. Pero este martes, en la Conferencia ARPEL 2026 que se realizó en Buenos Aires, tres de las organizaciones energéticas más relevantes del continente presentaron un reporte que amplía ese foco: la cuenca neuquina no es solo una oportunidad para Argentina sino un activo estratégico para toda la región. El documento "Oportunidades para el desarrollo del gas en América Latina y el Caribe", elaborado conjuntamente por la Unión Internacional del Gas (IGU), la Asociación de Empresas de Petróleo, Gas y Energía Renovable de América Latina y el Caribe (ARPEL) y la Organización Latinoamericana y Caribeña de Energía (OLADE), traza un mapa concreto de lo que el gas neuquino puede hacer por sus vecinos.
El punto de partida es una brecha que el reporte pone en evidencia con un solo número: en 2024, América Latina y el Caribe representaron apenas el 5% de la producción mundial de gas, pese a contar con uno de los mayores potenciales geológicos del planeta. Cerrar esa brecha, dice el informe, requiere inversiones superiores a los 10.000 millones de dólares en construcción y ampliación de gasoductos de integración regional. Y Vaca Muerta, junto con los proyectos marítimos convencionales y los yacimientos presalinos de Brasil, es la pieza que puede iniciar esa nueva fase de expansión energética en el Cono Sur.
Lo que el gas neuquino puede hacer por cada vecino
El reporte es preciso sobre los beneficios concretos que la integración gasífera liderada por Vaca Muerta generaría en cada país de la región. Para Brasil, el gas argentino con precios competitivos impulsaría la reindustrialización en un momento en que la economía más grande de la región busca fuentes de energía más baratas y confiables. Para Bolivia, cuya infraestructura de transporte de gas tiene capacidad ociosa desde que cayeron los volúmenes de exportación hacia Brasil y Argentina, la posibilidad de cobrar peajes por el transporte de gas argentino hacia terceros mercados representa una alternativa de monetización concreta. Para Chile y Uruguay, el gas de la cuenca ofrecería una alternativa más económica que el GNL importado desde mercados lejanos.
Y para la Argentina misma, el circuito se cierra de manera virtuosa: reducir las importaciones de GNL que todavía se necesitan en los picos de demanda invernal, aumentar las exportaciones y consolidar el perfil de actor de peso en el mercado mundial de GNL que el país viene construyendo con los proyectos del Golfo San Matías.
El gas como herramienta de descarbonización
Uno de los ejes más relevantes del reporte es el que reencuadra al gas natural dentro de la agenda climática. El informe cita datos del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) para mostrar que el uso del gas permite reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en aproximadamente un 24% al sustituir al diésel, un 28% al reemplazar el fuel oil y un 42% al reemplazar al carbón en la generación de electricidad. En términos concretos, eso significa que cada megawatt generado con gas en lugar de carbón equivale a una reducción real y medible de la huella de carbono.

El argumento cobra especial relevancia en América Central y el Caribe, donde varios países dependen de combustibles líquidos para más del 50% de su generación eléctrica. Granada, Haití, Barbados, Cuba, Nicaragua, Belice, Guyana y Surinam están en esa situación. Para esos sistemas, el cambio al gas no requiere grandes transformaciones estructurales y genera beneficios ambientales y económicos casi inmediatos.
El reporte también señala al gas como el respaldo indispensable para las energías renovables variables, especialmente en contextos de crisis hídricas. El ejemplo que cita es elocuente: en Brasil en 2021, una sequía severa obligó a duplicar la generación a gas para evitar cortes masivos de suministro. Sin ese respaldo, el sistema eléctrico no hubiera aguantado.
El transporte pesado y la condición para que todo funcione
En el sector del transporte, el cambio hacia el Gas Natural Comprimido (GNC) y el Gas Natural Licuado (GNL) ofrece una reducción de emisiones del 20% y se presenta como una solución ya disponible comercialmente, a diferencia del hidrógeno, el metanol o el amoníaco, cuyas tecnologías e infraestructura todavía enfrentan desafíos importantes de madurez y escalabilidad.
Pero el reporte también es claro sobre la condición que hace posible todo lo anterior: los marcos jurídicos y las reglas del sector deben trascender los ciclos políticos y los cambios de gobierno para movilizar el capital público y privado que la integración requiere. Sin previsibilidad regulatoria de largo plazo, las inversiones en infraestructura de integración no se hacen. Es el mismo argumento que el RIGI intenta resolver en Argentina, trasladado ahora a la escala regional.







