Alicia es un pueblo del interior cordobés que tiene 4.000 habitantes, está a 200 kilómetros de la capital provincial y vive principalmente de la agricultura y la ganadería. No es el lugar donde uno esperaría que empiece la historia de una ingeniera química que hoy trabaja en Vaca Muerta y que hace unos meses estaba capacitándose en Abu Dhabi. Y sin embargo, ahí empieza.
Sol Ribotta tiene los mejores recuerdos de su infancia, a la que define como muy linda, y mantiene una certeza que sus padres le fueron construyendo desde chica: terminar el colegio y estudiar. Su papá es contador, su mamá bioquímica, su hermano mayor estudió ciencias económicas. En ese entorno, la universidad no era una posibilidad lejana sino el siguiente paso natural. La pregunta era cuál.

En el pueblo había dos escuelas primarias y una secundaria, con orientación en ciencias naturales. No había mucho para elegir. Pero Sol llegó al final del colegio con algo que sabía sobre sí misma: era curiosa. Le daba vueltas en la cabeza una pregunta que, en retrospectiva, lo explica todo. "Me daba mucha curiosidad saber cómo se fabricaban las cosas que consumimos en el día a día", dijo a VacaMuerta.ar.
Esa pregunta la llevó a investigar, y la investigación la llevó a la Ingeniería Química, una carrera que tiene un poco de todo: desarrollo de productos, procesos industriales a gran escala, la posibilidad de meter la nariz en casi cualquier sector productivo. Se anotó sin pensarlo demasiado. Una vez que arrancó, ya no paró.
La UTN, los viajes y la refinería de Mendoza
La carrera la hizo en la UTN de Córdoba. El primer año fue duro, como suele ser el primer año para alguien que viene de un secundario de pueblo y se encuentra de repente comparándose con compañeros de colegios grandes con más preparación técnica. Pero la carrera tenía algo que ayudó a atravesar ese tramo: un grupo humano muy chico y muy unido, profesores presentes, una dinámica más parecida a la de un secundario que a la de una facultad masiva. "Éramos poquitos, nos conocíamos entre todos. Eso lo hizo bastante más fácil", recuerda.
A lo largo de los años, la carrera los llevó de viaje. Misiones, Mendoza, Neuquén. Visitas a fábricas, industrias, instalaciones de todo tipo. En una de esas salidas, en Mendoza, visitaron una refinería de YPF. Sol no lo sabía en ese momento, pero esa visita fue una de las semillas de lo que vino después. "Me llamó mucho la atención, me pareció muy interesante", recordó.
No era la única industria que le gustaba: la alimenticia también la llamaba, y también había pasado un tiempo como becaria en un laboratorio de investigación universitaria asistiendo a una doctoranda. Después vino una pasantía en el sector automotriz, un año y medio aprendiendo cómo funciona una industria desde adentro.

Era una persona que todavía no sabía exactamente adónde quería ir, pero que estaba construyendo con cada experiencia un mapa cada vez más detallado de lo que le interesaba. Esa apertura, esa negativa a cerrarse a una sola cosa, iba a ser la clave.
La charla que cambió el rumbo
El primer contacto con la empresa en la que trabaja hoy ocurrió en la facultad. Fueron a dar una charla sobre un programa de jóvenes ingenieros. La joven de 25 años escuchó, se quedó hablando con la persona de Recursos Humanos, intercambió datos. Pasó el tiempo. Terminó la carrera. Buscó trabajo en Córdoba y no encontró nada que la entusiasmara de verdad. Cuando apareció la vacante en Neuquén, la llamaron.
"La propuesta estaba muy buena, así que me cerraba por todos lados", resumio con una economía de palabras que dice mucho sobre cómo toma las decisiones. En agosto del año pasado, con 24 años recién cumplidos, Sol Ribotta llegó a Neuquén.
Un mes después ya estaba haciendo guardia en el pozo.
Abu Dhabi de por medio
Entre el primer día y el pozo hubo una escala que no muchos esperarían: dos meses en Abu Dhabi. La empresa la mandó a capacitarse en su casa central, donde aprendió desde cero cómo funcionan los equipos de su línea de servicio, cómo operarlos, cómo darles mantenimiento, cómo hacer los cálculos de ingeniería que definen los parámetros de la operación. "Todo lo que aprendés en dos meses es muy poco tiempo, al final terminás de aprender en el pozo", admitió.

Cuando volvió, arrancó directo. Hoy hace régimen de 14 días adentro por 7 afuera, jornadas de 12 horas que muchas veces no alcanzan, y trabaja siempre acompañada de un ingeniero experimentado, aunque las responsabilidades que le van dando ya representan casi el 100% de las tareas del puesto. La base operativa está en Añelo. Cada mañana del turno día sale del hotel con sus compañeros y se va al pozo. A las 8 de la mañana ya está trabajando. A las 8 de la noche termina. Vuelve, cena, trata de hacer algo de actividad física, se duerme y al día siguiente repite.
"Lo peor es que por ahí en 12 horas no te alcanza el tiempo para hacer todo", dijo con una sonrisa que deja claro que lo dice sin queja sino con algo parecido al orgullo.
Lo que todavía está descubriendo
Vaca Muerta era para Sol, antes de venir, una abstracción. Algo de lo que había escuchado hablar, sobre lo que había leído, que había mencionado algún profesor en la facu. "Nunca me imaginé estar ahí al lado de un pozo", contó. Hoy el pozo es parte de su día a día. Todavía lo está descubriendo, como ella misma dice, pero ya no desde afuera.
La ciudad le resultó tranquila, ordenada, verde, silenciosa comparada con Córdoba. La gente le pareció un poco más fría al principio, más difícil de penetrar. Lo que complicó más la adaptación no fue la ciudad sino el régimen: cuando uno está 14 días adentro y 7 afuera, construir una rutina en el lugar donde vive se vuelve casi imposible. Lo que compensó eso fue lo que ocurrió del otro lado. "Compartís tanto tiempo que es como una familia. Tenés que aprender a llevarte bien, a convivir, a compartir espacios", explicó. Y en su caso funcionó. A pesar de las jornadas largas y de la intensidad de la vida en el pozo, el ambiente laboral es bueno y eso, en este tipo de trabajos, importa más de lo que parece.

Ser mujer en el pozo
Hay algo más que Sol menciona casi al pasar pero que pesa en su experiencia cotidiana. Muchas veces ha sido la única mujer en la locación. "Es bastante chocante", dijo y no lo dramatiza pero tampoco lo minimiza. Ve que la industria está cambiando, que cada vez hay más ingenieras, más técnicas, más operadoras mujeres. También ve lo que falta: los cargos de decisión siguen siendo mayoritariamente masculinos, y hay detalles que parecen pequeños pero que en la práctica definen si una mujer puede hacer su trabajo con comodidad o no.
Cuando escucha a ingenieras que llevan 20 o 30 años en la industria contarle cómo era antes, entiende que el camino que ella está transitando es el mismo que ellas empezaron a abrir.
Sol Ribotta tiene 25 años, lleva menos de uno en la industria y ya sabe lo que muchos tardan años en aprender: que Vaca Muerta no se entiende desde afuera, que el pozo tiene una lógica propia que solo se aprende estando, y que la curiosidad que la trajo hasta acá es la misma que la va a llevar más lejos.







