Los graves y bochornosos hechos que se vivieron en la infernal jornada del miércoles 12, en las entrañas del Congreso de la Nación y en las afueras, golpean el proceso de reconstrucción de la credibilidad interna y externa de un país que, como en una tragedia griega, no logra encontrar el marco de paz necesario para que la economía crezca y la sociedad logre sosiego.
Después de un 2024 de motosierra en mano, la gestión de Javier Milei había conseguido logros económicos que, para el común denominador de la política clásica, resultaban en la previa inauditos e irrealizables teniendo en cuenta las herramientas elegidas. Es cierto, siempre con el ancla que significa el control de cambios, pero sin titubeos, recompuso el desaguisado de décadas en torno a gigantescos subsidios en las tarifas de los servicios públicos; podó con potencias todas las áreas del Estado (haciendo desaparecer muchas); defendió con uñas y dientes su objetivo supremo, que es el equilibrio fiscal; y, como una bandera de victoria inicial, consiguió desacelerar el flagelo de la inflación, dándole algo más de previsibilidad a los ya castigados bolsillos argentinos.
Las encuestas y sondeos de opinión e imagen le sonreían con toda la dentadura al mileismo hasta las últimas semanas. Tanto, que apretó el acelerador hacia un nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional y -vía otro decreto- buscó tener éxito donde fracasó Mauricio Macri: eludir al Congreso y colocar dos jueces afines en la Corte Suprema de Justicia.
El criptogate fue el primer tiro en el pie que se pegó el gobierno, y desde ese momento no consiguió recuperar el centro del ring, donde hasta no hace mucho se sentía amo y señor en cada una de las peleas que daba. Entonces, los traspiés se sucedieron: apertura de sesiones en el Congreso (1 de marzo) con una oposición menguada, el cruce entre Santiago Caputo y Facundo Manes, represión e incidentes -con detenidos, heridos, etc- en las inmediaciones del Congreso del miércoles pasado, las peleas en la Cámara de Diputados entre diputados y diputadas oficialistas (la neuquina Nadia Márquez como protagonista), y una oposición que aprovecha cada suceso, que huele sangre y va en busca de su revancha.
Flaco favor le hace a la institucionalidad nacional que las imágenes de jubilados reclamando legítimamente por aumentos, aparentes barrabravas y afines apoyándolos, policías excediéndose, sangre, peleas y corridas en las calles, sean otra vez el escenario de una Argentina que comenzaba tímidamente a recuperarse. Poco colaboran nuestros congresistas, la oposición lánguida de propuestas, y una Corte Suprema que no termina de conformarse, atada de pies y manos a las órdenes del Ejecutivo.
La institucionalidad es más que un concepto. Es el alma de cualquier país que defienda las banderas de una democracia representativa. Es transversal, básicamente, a todos los órdenes de la vida.
La recuperación económica es fundamental para esta Argentina, pero no se conseguirá si el edificio de la institucionalidad nacional sigue tambaleante. ¿Qué empresa pensaría en invertir en un territorio donde no se respetan los derechos, responsabilidades, garantías y divisiones de poderes más básicos? Los mercados, el Fondo Monetario Internacional, los países del primer mundo, ¿pueden pensar en inyectar dineros y fondos frescos en un país con una volatilidad política y social de esta dimensión? ¿De qué manera podría darse la “lluvia de inversiones” (y dólares) que se promete hace ya años -con diferentes presidentes sentados en el sillón de Rivadavia- cuando las reglas de juego cambian y se modifican permanentemente?
Como alguna vez describió el periodista Ernesto Cherquis Bialo de Diego Maradona, no hay una sola Argentina, sino que hay varias en una. Y hay una que no para de crecer, con proyecciones y números que son impresionantes, que tiene epicentro en la ignota localidad de Añelo y que quiebra récords permanentes al ritmo de las perforaciones horizontales.
Y en este sentido, fue una semana de muchas noticias en la capital del futuro desarrollo nacional, en Vaca Muerta. “CERAWeek” emanó novedades de todo tipo desde Houston, la cuna de los hidrocarburos de los Estados Unidos, con claves en tema tan importantes como los potenciales precios de la energía, inversiones y algo que es vital para el mundo: las políticas en la transición energética y su ralentización en relación a lo pautado por la Agenda de Objetivos de Desarrollo Sustentable.
Referentes de diversos gobiernos, titulares de las principales empresas energéticas del mundo, especialistas, asesores y lobistas, se reunieron allí para comenzar a entender y repensar el tablero de ajedrez energético, a partir de las nuevas variables que irrumpieron en el escenario geopolítico (la nueva irrupción de Donald Trump, su promesas arancelarias y la mentada concreción del ‘Drill Baby Drill’), la expansión de jugadores orientales (China en primer lugar, pero India siempre presente), las implicancias de la guerra de Rusia y Ucrania, y un tema que comienza a ser medular a nivel planetario: el imparable avance de la Inteligencia Artificial.
Mientas el planeta energético confirmaba lo que venía vaticinando Trump en relación a que Estados Unidos dejará de priorizar políticas climáticas para focalizarse en que la población tenga energía más barata y con seguridad de aprovisionamiento, los que sí lograron recuperar el centro del ring -a diferencia de sus jefes políticos- fueron Daniel González y Horacio Marín, viceministro de Energía y Minería y presidente/CEO de YPF, respectivamente.
Cada movimiento tectónico que se produce en las placas
políticas del país permean en las potenciales inversiones.
González auguró que Argentina comenzará a exportar Gas Natural Licuado (GNL) dentro de dos años, confirmó que el objetivo es levantar el cepo antes de finalizar 2025 y se ilusionó con la idea que entre 2030 y 2032 el país estará exportando “un millón de barriles por día (de petróleo equivalente) y u$s30.000 millones en minerales”, haciendo realidad aquello de una Nueva Pampa Húmeda, pero de energía. Marín hizo un potente guiño hacia nuestra zona al confirmar que YPF se desprenderá de todos sus yacimientos convencionales en el país para concentrar su inversión a partir de 2026 únicamente en el desarrollo de áreas no convencionales, específicamente en Vaca Muerta, un área fuertemente elogiada en Houston por todos, pero de la que migran las grandes empresas internacionales, aun sabiendo de su fantástico potencial.
En el “CERAWeek by S&P Global” se hizo constante hincapié en la necesidad de aprovechar la ventana de oportunidades que ofrecen tanto la producción de hidrocarburos no convencionales como de nuevos proyectos mineros en litio y cobre (hoy sólo se exportan u$s 4.000 millones), de lograr ser más competitivos en términos de eficiencia, tiempos, y operaciones. Los avances tecnológicos son determinantes y deben venir de afuera, pero las empresas foráneas parten.
¿Cuánto tiene que ver la pérdida de la institucionalidad nacional de las últimas décadas en este fenómeno? Mucho, diría que muchísimo. Cada movimiento tectónico que se produce en las placas políticas del país permean en las potenciales inversiones.
“Todos los inversores, los de adentro y los de afuera, antes de enterrar sus dólares en algún lugar de Argentina se preguntan qué pasará con este gobierno; qué hará con el cepo; si la Corte Suprema (de Justicia) seguirá funcionando de una manera tan deficiente; qué posibilidades tiene Milei de ampliar su estructura parlamentaria en octubre. La realidad es que, si bien proyectos como Vaca Muerta parecen funcionar solos, creciendo constantemente, el clima político que existe no ayuda. Menos que los funcionarios y el propio presidente digan una y otra vez que están siendo víctima de potenciales golpes desestabilizadores”, explica con preocupación uno de los asesores políticos del gobierno neuquino.

La salida inminente de Petronas del bloque La Amarga Chica es un dato que reafirma la preocupación de la fuente. La empresa malaya tiene una sociedad con YPF en ese importante yacimiento de shale oil y según informó en las últimas horas la influyente Agencia Blumberg, Petronas inició conversaciones con otra compañía para vender su 50%, retirándose de Vaca Muerta, como también hicieron ExxonMobile.
“Equinor ASA también está estudiando retirarse, mientras que Total Energies informó esta semana que vendería si pudiera lograr el tipo de valoración elevada que obtuvo Exxon. Esto ha dejado el escenario en gran medida en manos de empresas locales”, remarcó el medio periodístico.
Nadie duda en la industria del Oil&Gas que la salida de estos grandes jugadores externos tienen que ver con dos variables determinantes: migran sus enormes bolsas de dólares a países donde tienen activos de la misma o mayor envergadura actual que Vaca Muerta (el offshore de Guyana o el shale de EE.UU), con mayor previsibilidad política, económica, financiera y social, donde la institucionalidad no tiembla y las reglas del juego son casi invariables.
Tampoco nadie duda que actualmente existe una macroeconomía algo más estabilizada y lógica, con precios más que aceptables (70 dólares el barril) y un gobierno que ofrece beneficios como el RIGI y que se desvela por quitar regulaciones. Pero la Argentina sigue siendo un país volátil (en un puñado de días y por escándalos propios, el Riesgo País aumentó 200 puntos), cara en muchos sentidos y con una mochila enorme, que no consigue ni sabe cómo sacarse se encima sin provocar una implosión: el cepo cambiario.
Y en estos de las muchas Argentinas que existen, el sector energético parece ser el único que se expande sin parar: con obras de infraestructura, con un crecimiento anual del 10% en su producción de crudo, con la enorme promesa del GNL y su exportación, y con varios etcéteras más. Está claro que la gran ventana de oportunidades se abre de par en par para las empresas locales y deberán ser ellas las que tendrán que traccionar, siempre con YPF a la avanzada. Para el regreso de las grandes compañías internacionales, habrá que hacer enormes esfuerzos, que tenga que ver no sólo con beneficios estrictamente económicos. La Argentina debería dejar de ser varias y convertirse en UNA, alejando el riesgo permanente de autoflagelo, consiguiendo que la INSTITUCIONALIDAD sea mucho más que un mero concepto.







