El funcionario se revuelve en su sillón. Acaba de tener una reunión con un par de empresarios foráneos, ampulosos, trajeados, de los que dejan una incipiente estela de perfume importado en el ambiente. “Los tipos quieren invertir un montón de guita acá, en desarrollos inmobiliarios, y ya no tenemos dónde meter la gente…”. Neuquén capital se abre amplia, extrema desde el enorme ventanal que le cuida las espaldas.
Ríe, entorna una carpeta, todo es minimalista en su despacho, no como en los viejos despachos de hace décadas. Cogotea para ver si finalmente alguien le servirá el bendito café. Sigue. “Esto es una isla, hermano, el país languidece y acá no sabemos qué hacer con la guita… Vaca Muerta es una locura total”, dice.
Día a día, semana a semana, mes a mes, la roca más famosa del país, la que tiene 30.000 kilómetros cuadrados, la extensión de un país europeo, quiebra permanentemente sus propios récords, en una afiebrada carrera contra sí misma, nave insignia del desarrollo. “Una isla”, suena bastante lógica la descripción del joven funcionario pensando en un país que surfea en los últimos meses -¿años?- con procesos de cambios profundos, buscando un norte que le permita ingresar definitivamente en territorios más apacibles, de crecimiento y desarrollo.
Nada en Argentina genera más ilusión que este escenario que es un elixir para geólogos, empresarios, políticos, ingenieros, que se hizo realidad en un puñado de años y que libertarios, kirchneristas, macristas o quien sea, ven como la Meca hacia donde hay que rezar, el factor que dará vuelta la balanza de frustraciones y oportunidades perdidas.
Pasaron poco más de 10 años y todo cambió. El fenómeno “shale” ostenta esas características. Estados Unidos, a principios de siglo, hizo vibrar las tierras de Texas al frenético ritmo del fracking y logró no sólo revertir su matriz energética, sino que además se volvió exportador de petróleo y gas, cuando antes debía apelar al mercado y las armas para conseguirlo -no descartamos que lo siga haciendo.
Mirando por el retrovisor de la historia contemporánea, la sensación es que aquí todo pasó velozmente, como en un audio escuchado en 2x. En 2012 se expropió y reestatizó YPF, llegó un polémico acuerdo con Chevron y se desandó un acelerado, y a la vez intrincado, camino de convencimiento general -licencia social incluida- mientras se construía la curva de aprendizaje. Hoy los estándares de producción se acercan a los del primer mundo y a esta altura ni el más obtuso duda que Vaca Muerta será en las próximas décadas la -tan repetida- “Nueva Pampa Húmeda”.
Ahora bien, aquello de “la isla” podría ser interpretado de dos maneras: una isla para lograr salvarse, refugiarse de un naufragio; o una isla donde se puede repensar la estructura de un país realmente más federal, con una nueva matriz de producción, mejores oportunidades para las provincias. ¿Una salida o una nueva fantasía? Argentina siempre necesitó más energía. Tanto, que los diferentes procesos de industrialización que se intentaron en el tiempo colapsaron por falta de petróleo. Lo sufrieron Perón y Frondizi. Por ese motivo -y varios más- explotó la crisis del ’73.
Claro está que es esperanzador observar el fenómeno Texas, porque se convirtió en la balsa que permitió salvar del naufragio a una potencia que había quedado groggy tras la crisis del 2008, la más grande de su historia después de la Gran Depresión.
“La isla” podría ser interpretado de dos maneras: una isla para lograr salvarse, refugiarse de un naufragio; o una isla donde se puede repensar la estructura de un país realmente más federal
Es esperanzador e impactante ver lo que ocurre en el corazón de Vaca Muerta y sus constantes, imparables derrames. Récord de producción permanente, inversiones estrafalarias para esta coyuntura nacional, sueños de autoabastecimiento -se inauguró hace unos días la reversión del Gasoducto Néstor Kirchner- y de barcos que salen de nuestros mares con marca neuquina, de gas que llega a Brasil, que seguramente terminará en otro hemisferio. La isla que se expande, que se agiganta.
Ahora, todo es cuestión de escala y modelos. El mismo funcionario, el del sillón cómodo que espera el café de espaldas a la capital, que acaba de despedir con un abrazo a los empresarios ampulosos, ese mismo cuenta que hay una proyección que atrae y asusta por igual. Dice: “Todos los estudios y las proyecciones, nacionales y provinciales, estiman que de acá a 7, 10 años, a esta zona llegarán entre 25.000 y 30.000 familias con trabajo, a desarrollarse en Vaca Muerta en diferentes empresas. Una locura, como Vaca Muerta”, insiste. Y continúa: “Tenemos todos, en lo público y lo privado, que estar a la altura de las circunstancias. Estamos ni más ni menos que ante una especie de refundación de nuestra estructura productiva. Y no podemos dejar pasar este barco”.
¿Cómo prepararse para ese oleaje inmigratorio? ¿Se están preparando? ¿Habrá rutas, servicios esenciales, hospitales, escuelas para tanta gente nueva? Hay algo claro. Neuquén y Río Negro se transformarán en un gran conglomerado urbano teniendo como motor único la extracción de energía. La escala es enorme en todo sentido. Los miles y miles de barriles de petróleo, los millones de BTU diarios, el ya billón de pesos de regalías 2024 que embolsó la provincia hasta septiembre, las decenas de miles de personas que arribarán a la región en busca de un horizonte algo más claro, con y sin trabajo. Oleoductos, gasoductos, barcos regasificadores, minería que regresa, ciudades que se expanden y transforman. Todo es gigantesco.
¿Y el modelo? El gobernador Rolando Figueroa se mueve frenéticamente. Fue hasta Brasil para seducir nuevamente a Petrobras, opera por la nueva Ley de Hidrocarburos, pergeña un RIGI de corte neuquino, construye poder de adentro hacia afuera. Emperador ahora de esta isla luego de una elección histórica, indefectiblemente debe ser un alquimista para combinar tantos intereses locales, nacionales y transnacionales.

Del otro lado del puente, y en una manifestación que es mucho más que simbolismo puro, su par Alberto Weretilneck reconfigura la matriz productiva de su provincia desde la nueva torre autosustentable de la secretaría de Energía de la provincia. Un oleoducto “corta” el Valle rionegrino, y mucho del gas de Vaca Muerta se exportará por las inhóspitas playas de Punta Colorada. Se juntaron, coincidieron, se entendieron, son aliados, y Weretilneck moldea su Juntos Somos Río Negro a imagen y semejanza de un MPN al que “Rolo” nunca dejó de pertenecer, aunque lo haya vencido en los últimos comicios provinciales. Ambos piensan a Vaca Muerta como el porvenir, y se mueven en consecuencia. Pragmáticos, abiertos al mercado, sabedores que hay una (nueva) oportunidad histórica por delante.
Es importante entender que será clave despejar interrogantes para volver a generar confianza y seguridad jurídica, instituciones fuertes y un protagonismo privado que permita el despegue definitivo.







