Vaca Muerta se consolida como el motor de la transición energética en Argentina, pero su potencial enfrenta desafíos que trascienden el subsuelo. La clave del desarrollo ya no se encuentra en las reservas, sino en la capacidad del país para transportar la producción. Según Roberto Carnicer, director del Instituto de Energía de la Academia Nacional de Ingeniería y de la Universidad Austral, el país posee un "reservorio de gas para abastecerse y exportar", una realidad que contrasta con las falencias históricas en infraestructura.
El gas natural se mantiene como un pilar fundamental en la matriz energética argentina, una posición que no se modificará en el corto o mediano plazo. Desde 2013, reportes internacionales confirmaron que el país posee el segundo recurso de gas natural no convencional del mundo. Este recurso se extiende a lo largo de las provincias de Neuquén, Mendoza y Río Negro, lo que posiciona al país como un jugador de peso en el escenario energético global.
Los productores locales, junto con el país, comprendieron en 2017 que el "break even" o costo mínimo de producción del gas de Vaca Muerta era competitivo a nivel mundial. Este descubrimiento fue un punto de inflexión, permite impulsar el desarrollo de la exportación y asegura el abastecimiento para el consumo interno sin mayores inconvenientes. La capacidad de competir globalmente es un activo estratégico para la economía nacional.
Una obra clave en este proceso es el Gasoducto Perito Francisco Pascasio Moreno (ex Presidente Nestor Kirchner), que une la formación Vaca Muerta con los principales centros de distribución del país. Construido en tiempo récord, este ducto transporta actualmente 26 millones de metros cúbicos de gas por día. El objetivo es ampliar su capacidad a 40 millones de metros cúbicos, lo que permitirá satisfacer la demanda en hogares, industrias y estaciones de servicio, al tiempo que se fortalece la capacidad de exportación.
El gas natural de Vaca Muerta no solo es abundante, sino también una pieza fundamental para la sostenibilidad ambiental. Su uso permite reducir en un 50% las emisiones de gases de efecto invernadero en comparación con otros combustibles. Además, elimina prácticamente por completo las emisiones de contaminantes regulados, como material particulado, monóxido y óxido de nitrógeno, lo que marca un avance significativo en la lucha contra la contaminación atmosférica.
A pesar de los logros recientes, Argentina aún enfrenta un problema crucial. El país tiene un déficit en la infraestructura para transportarlo. La demanda residencial se multiplica por cinco en los meses de invierno en comparación con el verano, lo que genera picos que obligan a desplazar a otros sectores, como el industrial, para priorizar el suministro a los hogares.
Esta falta de infraestructura adecuada llevó al país a una situación paradójica en el pasado. Se llegó a importar gas, a pesar de que ya se conocía la existencia del vasto potencial de la cuenca neuquina. A partir de la crisis de 2001, una inadecuada gestión de la política energética, con la intervención de entes regulatorios y la congelación de precios y contratos, destruyó la previsibilidad del sector.
Esa pausa en el desarrollo energético tuvo un costo enorme. Argentina acumuló un "déficit energético galopante", lo que obligó a importar energías muy caras y contaminantes, mientras que las extraordinarias reservas de gas natural en el país se mantenían inactivas. Si bien los primeros descubrimientos del shale gas en Estados Unidos datan de los años 2000, la Nación recién en 2025 está alcanzando los niveles de producción que tenía a finales de la década de 1990, lo que evidencia el terreno perdido.

Para abordar los desafíos actuales, existen soluciones en marcha. Un barco regasificador en Escobar funciona como un "yacimiento cerca de la demanda", que se utiliza para cubrir los picos de consumo sin necesidad de nuevas construcciones de gasoductos. La prueba está en el superávit energético, que se va a profundizar en los próximos años. El país dejó de importar gas de Bolivia y de GNL de Bahía Blanca, y solo importa desde Escobar en los meses de invierno, mientras comienza a exportar gas y petróleo.
La aprobación de una "revisión quinquenal tarifaria" que establece reglas claras por cinco años es un paso fundamental. Esta medida, que incluye una obligación de inversión de 7.500 millones de dólares, permitirá expandir las redes de gas y llevar el servicio a más argentinos. El objetivo es reemplazar combustibles más ineficientes, caros y contaminantes.
El sector energético, en tanto se le permita funcionar como un mercado con reglas claras, se va a convertir en un aporte gigantesco para el desarrollo del país. El mundo entero demanda la potencia energética que Argentina posee, no solo para transformar nuestra matriz, sino también para posicionarse como un proveedor de energía confiable y estratégico para el resto de los países.
Southern Energy confirmó el segundo buque de GNL
La compañía Southern Energy, propiedad de PAE, YPF, Pampa Energía, Harbour Energy y Golar LNG, confirmó una inversión de más de 15.000 millones de dólares para exportar GNL al mundo y avanzó con la decisión final de inversión (FID, por sus siglas en inglés) para la instalación del segundo barco de licuefacción en la provincia de Río Negro.
La empresa había confirmado Hilli Episeyo y ahora sumó el MKII, con una inversión superior a USD 15.000 millones a lo largo de los 20 años de operación de ambos barcos, que podrán producir conjuntamente 6 millones de toneladas anuales de gas natural licuado.
En un comunicado, desde Southern Energy informaron que con este proyecto se generaran exportaciones totales que podrían alcanzar los USD 20.000 millones entre 2027 y 2035 y creará 1.900 puestos de trabajo directos e indirectos durante la etapa de construcción.







