No todo lo que pasa en Landman pasa enVaca Muerta, pero se parece bastante. La serie de Paramount muestra, con un filtro de ficción que requiere de una trama dramática, la realidad de los yacimientos petroleros de shale oil en Texas, más exactamente en la cuenca de Fort Worth, a unos 400 kilómetros de Houston, epicentro de Permian. En Argentina puede verse en Flow, Paramount y DirecTVGo.
Estrenada en 2024 y basada en el podcast Boomtown creado por Christian Wallace en 2017, la entrega estrenó su segunda temporada a fines de 2025 y se espera que en noviembre de 2026 salga la tercera. Siempre con el crudo y los campos como protagonistas estelares, además de la gran actuación de Billy Bob Thornton, responsable de desarrollar la historia.
Landman, creada por Taylor Sheridan y Christian Wallace para Paramount+, refleja el universo narrativo que el guionista viene construyendo alrededor del poder, los recursos naturales y los dilemas morales del capitalismo contemporáneo en Estados Unidos. Ambientada en el corazón del negocio petrolero de Texas, la serie ofrece una mirada cruda y realista sobre la industria del oil & gas, lejos de los discursos épicos o románticos: aquí el petróleo es conflicto, negociación permanente y choque de intereses entre empresas, trabajadores, comunidades y Estado.
Desde la primera escena, una especie de tortura entre un grupo de narcos y el responsable máximo de la operación de una empresa (el landman que interpreta Thornton), pasando por las cuatro muertes en los dos primeros capítulos y hasta el final, la serie recurre a giros dramáticos que resumen una realidad no siempre tan cruel, pero que sin dudas son parte de la industria.

La primera temporada se apoya en el personaje del landman, una figura clave pero poco conocida fuera del sector: el intermediario que gestiona derechos de superficie, contratos, compensaciones, las operaciones y conflictos legales en los campos petroleros. A través de ese rol, la serie logra bajar a tierra las tensiones de una industria multimillonaria, mostrando cómo las decisiones estratégicas se dirimen tanto en escritorios corporativos como en caminos de ripio, trailers y juzgados rurales. El tono es áspero, directo, con diálogos que privilegian el realismo técnico y una narrativa que combina drama empresarial, política energética y conflicto social.
En el medio aparece una exesposa extravagantes, una hija que sigue sus pasos, un hijo que quiere imitar la carrera de su padre, un dueño estresado, disputas con narcos, conflictos sentimentales y legales, pero fundamentalmente se muestra el modo de vida de una industria particular con trabajadores compartiendo campamentos o cómodas casas, bares, jornadas extenuantes y miles de kilómetros de viaje.

Uno de los mayores aciertos de la primera temporada es su capacidad para retratar la cadena de valor del petróleo no solo como un negocio, sino como un ecosistema de poder y una pregunta que resume todo: ¿Quién paga realmente el costo del desarrollo energético? Accidentes laborales, presión ambiental, desigualdad económica y la precariedad de ciertas comunidades aparecen como telón de fondo constante, sin caer en una mirada panfletaria, pero tampoco ingenua.
La segunda temporada es un paso más a la profundidad de la industria del petróleo. Amplía el foco narrativo y eleva la escala del conflicto. El énfasis ya no está solo en la operación cotidiana, sino en las consecuencias estructurales del boom energético: la consolidación empresarial, la financiarización del negocio, la mayor intervención política y la creciente tensión entre seguridad energética, rentabilidad y licencia social. En ese sentido, Landman se vuelve menos local y más sistémica, dialogando de manera indirecta con debates globales sobre transición energética, soberanía de los recursos y límites del modelo extractivo.







