Hay historias que no te eligen, que simplemente están ahí desde que tenés memoria y que crecen con vos aunque nunca hayas decidido cargarlas. La de Rocío Barrero empezó en 1991, cuando ella tenía cinco años y su padre Omar explotó literalmente en el Cañón de las Cabras, ese paso entre Neuquén y Centenario donde las paredes de roca se cierran sobre el río y el viento entra cortante. Su papá transportaba trotyl, una clase de explosivo que se usaba entonces para la exploración del suelo, antes de que la perforación tomara el protagonismo que tiene hoy.
Ese día de lluvia habían algunos panes húmedos, encendieron una fogata, hubo una negligencia que nadie pudo deshacer después, y una tragedia inevitable. Un policía que salió volando y se golpeó la cabeza. Murió en Buenos Aires dos días después del impacto. Omar no murió. Pero lo que volvió no era del todo el mismo hombre que había salido.

Rocío no estuvo ahí. Tenía cinco años y estaba en algún lugar de Centenario mientras su abuelo cruzaba la ciudad para buscar a su madre Isabel en el trabajo y llevarla al hospital Castro Rendón. Isabel llegó, recorrió las camas con los ojos, y pasó de largo sin reconocerlo. Omar estaba tan hinchado que parecía otro. "Era como un globo rojo", recuerda con la precisión de alguien que se imaginó esa escena tantas veces que ya casi la vivió. No tenía pelo, no tenía cejas, no tenía pestañas. Había perdido un ojo y la visión casi completa del otro. Le faltaba parte de una oreja y de un brazo. Tenía esquirlas incrustadas por todo el cuerpo, heridas internas, operaciones que se sucedieron durante tres meses en un hospital de Buenos Aires al que lo trasladaron gracias a Guillermo Pereyra, el histórico dirigente gremial de los petroleros.
La historia que siempre esperó ser contada
Ella creció con ese relato como telón de fondo. El padre volvió, se recuperó, aprendió a moverse por el mundo con un solo ojo al 20% de capacidad y con el cuerpo cubierto de lo que parecían lunares pero no lo eran: eran piedras que le habían quedado incrustadas bajo la piel y que los médicos nunca pudieron retirar del todo. Volvió a andar a caballo, que era lo que más le gustaba y lo que los médicos le prohibían porque la retina del ojo que le quedaba estaba demasiado desprendida para soportar los golpes. No les hizo caso.

"Él no iba a dejar de andar a caballo", contó Rocío a VacaMuerta.ar, y en esa frase hay algo que la define. La mujer, de 41 años, que estudió cine en el IUPA de General Roca, no sabía bien por qué lo elegía cuando se anotó, pero sí sabía que desde chica no podía escuchar una historia sin imaginársela, sin construir el plano, el sonido, la luz. El accidente de su padre, que su mamá Isabel y papá Omar le fueron contando en retazos a lo largo de los años, siempre tuvo en su cabeza esa textura cinematográfica que algunas historias tienen. "No hay chance de que vos me cuentes algo que yo no me lo imagine cinematográficamente", dijo. En 2017, en una visita a un yacimiento por razones laborales, empezó a escribir.

Lo que arrancó como un corto fue creciendo. En 2019 se sumó Ezequiel Epifanio, cineasta rionegrino que se convirtió en su co-guinista, y juntos empezaron a darle la estructura de un largometraje de ficción. Lo que estaban construyendo no era exactamente la historia de su papá sino algo más grande: la historia de los hombres y mujeres que hacen Vaca Muerta todos los días, la que no aparece en los informes de producción ni en las noticias sobre récords de fractura. La historia de las familias que quedan del otro lado del diagrama, de los hijos que no reconocen al padre cuando baja del camión, de las mujeres que ponen las reglas y hacen el aguante y a veces dejan todo para cambiarle los pañales a un hombre que llegó hecho pedazos de un cañón patagónico.
Sangre Negra es eso, la historia de los protagonistas que hacen posibles los récords que titulan los diarios.
Un circuito largo para una historia urgente
Hacer cine en la Patagonia no es sencillo. Ella lo sabía y aun así fue para adelante, con la misma terquedad resiliente que le reconoce a su padre. El proyecto recorrió concursos, clínicas y pitchings durante años: quedó seleccionado en el programa 22 de Punto Género, fue al pitching de Ventana Sur en Uruguay, donde fueron los únicos argentinos seleccionados, y pasó por el concurso Real Mundo Glaser, un programa de desarrollo de proyectos que durante un año entero trabajan el guión con directores, productores y guionistas que lo "cascotean", como dice Rocío, y obligan a reescribir y repensar desde las bases.
"Todos los tutores eran de distintas provincias de Argentina y nos decían que era increíble todo lo que contábamos del petróleo", recordó. Afuera de Neuquén, Vaca Muerta es a la vez muy famosa y muy desconocida. La gente sabe que existe pero no termina de entender si es una ciudad, una región, un pozo específico, y mucho menos comprende lo que implica la vida adentro: los diagramas, las jornadas de doce horas que no alcanzan, el frío que pega en la cara afuera de un trailer a las tres de la madrugada, la distancia que se abre entre el que se va y la familia que se queda.

Hace pocas semanas, la directora fue a ver a Marcelo Rucci, secretario general del Sindicato de Petroleros Privados de Río Negro, Neuquén y La Pampa, para pedirle algo que para ella tenía un peso casi simbólico: el visto bueno del sindicato para contar esta historia. "Le dije que quería que no solamente me quitara el artículo, sino que me diera de alguna manera el permiso de contar la historia de los trabajadores petroleros", explicó. La reunión estaba pautada para diez o quince minutos. Duró tres horas. Omar y Rucci habrían tenido la misma edad. Se habrían cruzado en la misma época, compartido las mismas anécdotas de cuando los petroleros tenían que comprarse los botines ellos mismos y llevarse la vianda y comer en la caja de la camioneta y hacer un asadito cuando el turno daba un respiro. Rucci le dijo que sí. Que contara con él para todo.
El dragón de abajo
Cuando Rocío habla con su director de arte sobre la estética de Sangre Negra, aparece una imagen que vuelve una y otra vez. "Yo lo veo como un dragón gigante abajo de la tierra", dijo. Un monstruo imprescindible, agrega: algo que da riqueza y que también devora, que sostiene a miles de familias y que a veces se las cobra. "Pensar en los sonidos, en la música, en los hierros todos transpirados. Es un monstruo imprescindible que a veces nos da tantas riquezas como argentinos, porque Vaca Muerta trasciende Neuquén, pero también hay un montón de familias atrás que están involucradas y que dejan incluso la vida para hacer un trabajo muy difícil, muy hostil”.
"Todo eso no se ve, no se relata", recordó y agregó: "Se juzga mucho al petrolero. Ah, son todos cabezas, andan en una Hilux, que va al Coto y se compra todo en efectivo. En realidad hay un picoteo de psiquis y de emociones y del corazón que es muy loco”.

Los tres personajes principales son amigos que comparten la vida dentro del yacimiento. El protagonista, para el que Rocío tiene en mente a Esteban Lamothe, es un hombre atrapado en esa dinámica que la directora conoce de cerca: media vida en el campo, media vida afuera, sin terminar de pertenecer del todo a ninguno de los dos mundos. El segundo está basado en Dani, el compañero real que estuvo junto a su padre el día del accidente en el Cañón de las Cabras y al que ella llama tío hasta hoy; ese personaje lo haría Gastón Pauls. El tercero es un salteño, alguien que llegó desde otra provincia buscando lo que Vaca Muerta promete y que tiene que aprender a sobrevivir en un ambiente que no es el suyo, y que encarnaría un actor que conoció en un corto y que desde el primer momento le pareció el indicado.
Las mujeres detrás de la trinchera
Sangre Negra no es solo la historia de Rocío. Es también la historia de Amapola Cine, la productora integrada por Lara Dekusi, Laura Larrea y Mariana Rodríguez, todas neuquinas, todas empujando hacia el mismo lugar desde distintos ángulos. "Cuando una flaquea la otra empuja", dijo Rocío, y habló de ellas con el mismo vocabulario con el que habla de las amistades que se forjan en el campo: trinchera, aguante, carril compartido. Ser mujer, ser patagónica, hacer ficción: cada uno de esos elementos complica el camino. Los tres juntos lo hacen casi heroico.

Hace veinte días presentaron el proyecto a Opera Prima Regional, uno de los pocos concursos que el INCAA mantiene activos, que financia la mitad del presupuesto de una película. Los resultados salen en noviembre. Si ganan, arrancan a buscar la otra mitad: coproducciones, fondos provinciales, socios estratégicos. Tienen el apoyo de las municipalidades de Añelo y Rincón de los Sauces, del sindicato, de productoras uruguayas que las vieron en Ventana Sur y se interesaron. Antes de fin de año, el plan es ir con parte del equipo técnico y los actores a un yacimiento para que toquen con las manos lo que la película quiere contar.
Lo que Omar dejó
Omar Barrero murió en marzo de 2006. Tenía 46 años. El ACV que lo mató fue, según los médicos, probablemente vinculado a las secuelas que le quedaron del accidente quince años antes. Se fue rodeado de doscientos caballos que siguieron el féretro, porque en los años que siguieron al accidente había encontrado en las agrupaciones gauchas una familia paralela, un lugar donde moverse y pertenecer en el mundo que le había quedado. Rocío tenía 20 años y lo adoraba con la intensidad de quien creció viéndolo como un superhéroe y después lo vio rehacerse desde cero.
"Era un tipo que podría haber quedado tranquilamente sentado en un sillón tomando alcohol y viendo la tele. Sin embargo pudo abrazar su vida completamente", contó y en esa frase está todo lo que la película quiere ser: no una denuncia ni un alegato, sino un retrato honesto de lo que cuesta sostener una vida en los confines de la estepa patagónica, con el viento pegando y el dragón rugiendo debajo de la tierra.
Sangre Negra todavía no existe como película. Pero existe como historia. Y eso, en el cine, siempre fue lo primero.








