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Una vida de resiliencia y el valor de la memoria

A 42 años de la rendición, la historia de un veterano de guerra que encontró en el petróleo un camino de reconstrucción y un lugar para honrar a sus camaradas.

Eva Murati por Eva Murati
14 de junio de 2025
en Historias Debidas
8 minutos de lectura
Portaaviones Veinticinco de Mayo en plena guerra 1982

Portaaviones Veinticinco de Mayo en plena guerra 1982

En el corazón de Vaca Muerta, entre el rugir de la maquinaria petrolera y el pulso constante de una industria que no descansa, Andrés Morinigo lleva 30 años forjando su destino. A sus 61, este hombre de mirada serena pero con un pasado forjado en el fragor de la guerra, se convirtió en supervisor de campo en la cuenca neuquina, brindando servicios esenciales para la vida en los yacimientos. Pero antes de las torres de perforación, de las camionetas 4x4 y del ir y venir de los equipos, la vida de Andrés, como la de tantos jóvenes de su generación, fue marcada a fuego por un conflicto que aún hoy, 42 años después de aquel 14 de junio de 1982, resuena en la memoria colectiva: la Guerra de Malvinas.

Andrés, nacido en Puerto Piray, Misiones, pero criado desde los seis años en Rosario, ingresó a la Armada a los 16. Una decisión que, confiesa, estuvo ligada a la búsqueda de una oportunidad, un trabajo, un sueldo y una carrera en una familia humilde. A los 18, el destino lo llevó al buque insignia, el Portaaviones ARA Veinticinco de Mayo, donde se incorporó el 29 de diciembre de 1981. Con la inocencia de quien recién estrenaba la mayoría de edad, la inminencia de la guerra se reveló a sus ojos con el frenético movimiento en Puerto Belgrano: la carga de armamentos, víveres y pertrechos en buques como el Cabo San Antonio, que desembarcaría en las Islas el 2 de abril.

Vigilia en Rio Grande a 42 años de Malvinas.

La noche del 28 de marzo del '82, la alarma sonó en la base, un llamado ineludible a bordo. En alta mar, la voz del comandante Aumann resonó por los altoparlantes, revelando el propósito de su viaje: "Íbamos a recuperar Malvinas". Para Andrés y sus jóvenes compañeros, esta era una revelación. "Nosotros no teníamos idea de Malvinas, no conocíamos nada", confiesa. Las radios portátiles, sintonizando emisoras uruguayas, fueron su única fuente de información sobre la ubicación de esas islas lejanas, "a la altura del río Vallejo".

En el portaaviones, con 25 aviones guardados en su hangar, la rutina se volvió una sucesión de adiestramientos y falsas alarmas, diseñadas para medir su velocidad de reacción en sus puestos de combate. El de Andrés estaba en la proa, en la parte de babor, un punto estratégico de observación. La noticia del 2 de abril, la recuperación de Malvinas, fue recibida con alegría a bordo. El comandante mantenía informados a la tripulación, relatando cada avance dentro de la zona de conflicto de las 200 millas marinas. Llegaron a 1.750 metros de las Islas, descargaron pertrechos, volvieron a base por más, y regresaron para continuar con la operación.

Pero la alegría dio paso a la angustia. El 2 de mayo, mientras el portaaviones navegaba dentro de la zona de combate, el acorazado General Belgrano, su segundo buque, se encontraba fuera de la zona de exclusión. La orden británica era hundir al portaaviones. Sin embargo, los detectores de submarinos del 25 de Mayo los alertaron, y una maniobra evasiva del comandante lo salvó. El submarino, les perdió el rastro, pero ubicó al crucero. "Ahí comenzó otra guerra", relata el ex combatiente con una voz que aún denota la crudeza de ese momento. Desde el 25 de Mayo, los aviones salían y regresaban, y la historia ya es conocida: el hundimiento del crucero Belgrano, la pérdida del HMS Sheffield y otros buques británicos. De los 25 aviones del portaaviones, solo dos quedaron al final de la guerra; el resto fue derribado. "Gracias a Dios, siempre digo yo, tuve el don de que no hundieron al portaaviones", reflexiona consciente de la delgada línea que separó la vida de la muerte.

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Volvieron al Golfo San Matías en Chubut, desde donde los aviones seguían operando. "Lo más triste fue cuando volvimos a la base. No estaba el segundo buque insignia de la Armada, que era el crucero al lado nuestro", expresa. Tres meses encerrados sin poder salir, y la dura realidad de una guerra que, para él, marcó el final de una etapa.

Avión despegando a descargar bombas

El regreso y la amnesia de 20 años

Al pedir la baja de la Armada, Andrés entregó su ropa y su arma, que nunca más volvió a tocar. Se instaló en Buenos Aires, pero el ritmo frenético de la Capital no era para él. "No aguanté eso de vivir corriendo, tomándote dos o tres colectivos para ir a trabajar, dos o tres para volver", recuerda. Decidió irse, "a dedo" sin un destino preciso, y un camión lo llevó hasta Ushuaia, donde vivió por cinco años. Allí conoció a su esposa y nació su hija. Tras una breve experiencia laboral en Chile que no lo convenció, finalmente encontró su lugar en Neuquén, donde reside hace 37 años.

Lo más sorprendente de su relato es la "amnesia" que experimentó durante 20 años respecto a Malvinas. "En esos 20 años jamás escuché la marcha de las Malvinas, jamás me crucé con ningún veterano, nunca vi un centro de veteranos", confiesa. Su esposa se enteró 15 años después de estar juntos que él era veterano de guerra; él nunca lo había hablado. La magnitud de la tragedia se volvió real cuando le tocó de cerca. Muchos de sus compañeros del crucero Belgrano, con los que compartía una casita en Punta Alta, no regresaron. "Ahí uno toma la magnitud de lo que era una guerra. Cuando no te toca de cerca, uno no lo ve. A mí me tocó muy de cerca", dice con un tono de voz que susurra dolor.

"Íbamos a recuperar Malvinas"

Le llevó 42 años poder ir a Salta a visitar a la familia de uno de esos compañeros, una promesa que se hizo en la radio del portaaviones. Habló con ellos, compartió los últimos meses de vida de su amigo. "Eso fue lo que más me ha marcado y me sigue marcando. A cada acto que voy, en mi cabeza está mi compañero", afirma conmovido. Su camarada lo acompaña en cada vigilia, en cada conmemoración. "Siempre cuando nos nombran Malvinas, yo estoy con mi compañero"

La industria petrolera: un ancla en la reconstrucción

Para Andrés, la industria petrolera no fue solo un trabajo, sino una "salida" y un "objetivo de reinserción social". Él es consciente de que muchos de sus compañeros no tuvieron la misma suerte; más de 700 suicidios de ex combatientes son un doloroso recordatorio de las secuelas invisibles de la guerra. Su "amnesia" le permitió, de alguna manera, reinsertarse en la vida civil, pero la memoria, finalmente, encontró su camino.

Fue en el año 2002, en Neuquén, mientras trabajaba como chef en el Holiday Inn. Un día cruzó la Avenida Argentina un 29 o 30 de marzo, la melodía inconfundible de la Marcha de Malvinas lo detuvo. "Me doy vuelta y automáticamente mi compañero me vino a mi cabeza", relata. Fue allí donde se reencontró con Daniel Orozco, otro camarada, y "ahí es cuando afloró todo". Se largó a llorar. Le preguntaron si cobraba pensión o si recibía apoyo psicológico. Al decir que no, lo invitaron al Centro de Veteranos, donde le gestionaron su certificado. Al llegar a casa, le contó a su esposa, quien asombrada le preguntó por qué nunca le había dicho. "Por algo no lo quería nombrar nunca", le respondió.

Hoy, la secuela principal de la guerra es psicológica. Hace tres años, tras una revisión, le fue otorgada una discapacidad del 36%. "Yo me encuentro que estoy bien, lo puedo manejar. Estoy en un momento que no quiero saber más nada, y sí, lo estoy evaluando de ir a ver a un psicólogo", confiesa. La lucha diaria contra los recuerdos es constante: "Es mucha, ¿cómo te puedo decir? Tengo que poner mucho de mí para no salirme del cabal, porque en el fondo siempre está".

Andrés participa activamente en el Centro de Veteranos de Guerra Malvinas Argentinas de Neuquén. Cada 2 de abril, y especialmente del 28 de marzo al 2 de abril, su mente "vuelve a 43 años atrás". Esos días son para estar con sus camaradas, aquellos con quienes compartió la instrucción y el destino. Van a los actos, izan la bandera y hacen minutos de silencio. "Esa es la forma de no olvidarlo", afirma con convicción.

Como supervisor de campo en una empresa de servicios petroleros –que brinda desde comida y mantenimiento hasta mucamos, cubriendo todas las necesidades del personal en el campo–, Andrés vive la exigencia de Vaca Muerta, supervisando contratos y cumpliendo con estrictos sistemas de gestión de calidad. Lleva 20 años en esta empresa, y la industria le brindó una estabilidad económica que, valora profundamente, le permitió tener su casa escriturada y un buen auto sin deudas.

"A cada acto que voy, en mi cabeza está mi compañero"

"Todo hombre quiere tener su linda casa, todo en orden, sin deber nada a nadie y de acá en adelante lo único que quiero es disfrutar", dice con una sonrisa. Su forma de disfrutar es viajar. En sus vacaciones recorre provincias, estuvo en Ushuaia y en su natal Misiones. "Viajar, disfrutar, encontrarme con mis camaradas", eso es lo que anhela para su jubilación.

Más allá de su edad, el campo le está pesando, y busca un retiro voluntario, una salida anticipada que le permita aliviar la carga de las secuelas de la guerra. 

Andrés Morinigo es un testimonio vivo de la historia argentina, un eslabón entre el pasado de Malvinas y el presente de Vaca Muerta. Su relato, a la vez personal y universal, nos recuerda la importancia de la memoria, el costo de la guerra y la capacidad humana de resiliencia y reconstrucción. En este 14 de junio, su historia resuena como un llamado a no olvidar, a honrar a quienes dieron todo y a comprender las huellas que el tiempo no logra borrar.

Etiquetas: Guerra de MalvinasNeuquénvaca muerta

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