A los 80 años, Oscar López mira el mapa de sus sucursales en Cipolletti, Neuquén, Rincón de los Sauces, Malargüe y Buenos Aires con la perspicacia de quien aprendió a leer la economía no en las aulas, sino en las veredas de Banfield y Lomas de Zamora. Fundador de La Casa de las Herramientas, este bonaerense que llegó al Alto Valle a fines de los años '70 entendió antes que muchos que la riqueza de la región no solo residía en las hectáreas frutícolas o en el crudo bajo tierra, sino en los insumos esenciales para mover esa gigantesca maquinaria.
Su historia es la de un sobreviviente de la calle: de chico conflictivo rescatado por la disciplina del trabajo a los diez años, a pibe de taller, colectivero, gastronómico golpeado por la realidad y, finalmente, visionario itinerante que convirtió un colectivo adaptado como casilla en la piedra angular del mayor imperio de herramientas de la Patagonia.
La infancia de Oscar no prometía oficinas, ni balances. En Lomas de Zamora su conducta veteada de una rebeldía casi peligrosa llevó a su madre al límite de considerar el reformatorio. Sin embargo, ella, una figura central y determinante a quien le atribuye la columna vertebral de su existencia, tomó una decisión drástica que cambió su destino para siempre: mandarlo a trabajar a los 10 años y tres meses.

Su primer escenario profesional fue una farmacia de barrio. Allí lavó vidrios y realizó mandados, ostentando con orgullo ser "un campeón lavando vidrios". Abandonó la escuela primaria en quinto grado, pero la calle le abrió una universidad distinta. Pasó por talleres mecánicos donde absorbió con voracidad cada secreto de los motores, intentó vender mercadería ambulante con un amigo al caer el sol y tuvo un paso por la planta de Firestone a los 18 años. Sin embargo, la rutina en relación de dependencia no calzaba con sus aspiraciones de libertad comercial.
La vida familiar estuvo marcada por un dolor temprano. Su madre luchó durante una década contra un cáncer feroz. Oscar la acompañó en su recuperación y cuidado en una época donde pocos hombres asumían ese rol, acumulando un sentimiento de bronca por una vida que considera profundamente injusta con ella. Tras el fallecimiento de su madre a los 48 años —cuando él tenía apenas 21—, la relación con su padre y sus dos hermanos se reconfiguró. Su padre, un hombre calmo y de trabajo constante, falleció solo tres años después. Quedarse sin padres antes de los 25 años terminó de moldear la independencia absoluta de un muchacho que se define sin rodeos como un prototipo moldeado por la observación directa de la gente, copiando lo bueno y dejando pasar lo malo.
El impulso comercial a gran escala cobró forma cuando compró, junto a su hermano mayor, un colectivo de la línea A318. Durante ocho años, el transporte público le brindó no solo sustento, sino una escuela implacable de gestión humana y financiera. En esa etapa, conducido por el ejemplo del gerente de la empresa, Carlos Ferreiro —a quien reconoce como su segundo gran mentor junto a su madre—, aprendió lecciones operativas como "primero pagá y después peleá". Manejar la parte comercial de los colectivos le dio un rodaje que utilizaría por el resto de su vida.

Al desvincularse del negocio de los colectivos con su hermano, López se aventuró en un terreno turbio que estuvo a punto de arruinarlo. Tentado por un conocido involucrado en el ambiente del juego clandestino en Monte Grande, montó un bar en 1976. Pese a las advertencias del gerente de la 318, quien le anticipó que detrás del mostrador tendría que lidiar con la policía y la noche, Oscar avanzó movido por el ímpetu juvenil. Las deudas y las malas decisiones de su socio lo dejaron al borde de la quiebra. No obstante, atendiendo el local sin descanso, logró vender el fondo de comercio en abril de 1977 recuperando el capital inicial. La lección fue dura pero determinante: el éxito no dependía de los atajos, sino de regresar a la venta genuina, esa vocación que llevaba en la sangre.
Ese mismo año de 1977 marcó su primer contacto crucial con la Patagonia. Con la sugerencia de unos amigos de la zona de traer suministros, el entrevistado también conocido como "El Tarta", adaptó un colectivo como casilla rodante: instaló un sofá que de noche se transformaba en camas cuchetas y montó estanterías de madera a ambos lados de la carrocería. Con ese vehículo repleto de mercadería y acompañado por un ayudante que hacía las facturas mientras él vendía, se lanzó a las rutas del sur. La idea inicial de vender bulones viró rápidamente hacia algo más ambicioso.
Al recorrer la región, descubrió que la verdadera "Vaca Muerta" de aquel momento era el auge de la fruticultura en el Valle. Los galpones de empaque de frutas, con sus enormes talleres de mantenimiento y plantas de frío, necesitaban desesperadamente herramientas industriales de calidad. El hito ocurrió cuando ingresó a un taller de Villa Regina y luego a la mítica firma Moño Azul: en pocas horas vendió paquetes enteros de herramientas para el mantenimiento de vehículos e instalaciones. Apoyado por referentes locales como la familia Camacho en General Roca, Oscar dejó atrás Buenos Aires, se casó en 1979 y se radicó definitivamente en la región.

En 1980 abrió su primer local en Cipolletti y para 1982 la empresa se estableció formalmente en Neuquén, en la calle Lastra al 860, punto estratégico donde permanece imperturbable hasta la actualidad. Junto a su hermano, quien se unió como socio hasta el año 2003, levantó una estructura comercial que creció a la par de la transformación del Alto Valle. Con el paso de las décadas, la firma supo reconvertirse para abastecer la demanda energética cuando el desarrollo hidrocarburífero empezó a eclipsar la preponderancia de la fruta. Oscar construyó así lo que hoy considera la ferretería industrial más grande de la Argentina, expandiendo su red con sucursales en Rincón de los Sauces, Malargüe y Buenos Aires.
A sus 80 años, López mantiene una mirada lúcida y crítica sobre la economía actual. Se define como un "hijo de la inflación", reconociendo que durante décadas la inflación constante perdonaba los errores comerciales porque el stock siempre ganaba valor. Sin embargo, observa el escenario presente con cautela: sostiene que la estabilidad exige una ingeniería comercial mucho más rigurosa, profesionalismo y creatividad, advirtiendo que el derrame del fenómeno Vaca Muerta no llega por igual a todos los eslabones de la cadena de proveedores.
Hoy, La Casa de las Herramientas es un legado familiar consolidado. Sin intenciones de retirarse, el muchacho que lavaba vidrios a los diez años sigue al frente de la empresa, demostrando que la verdadera fortaleza de un emprendimiento no radica en los ciclos de un yacimiento, sino en la capacidad inagotable de levantarse, adaptarse y salir a vender todos los días.








