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Las botas de la solidaridad

Mario Uribe tiene 38 años, vive en Cinco Saltos y es profesor de música que sin planearlo creó a El Petroka, el personaje que hoy llena teatros en todo el país.

Eva Murati por Eva Murati
15 de agosto de 2026
en Historias Debidas
6 minutos de lectura

Muchos conocen a El Petroka. Pocos conocen a Mario, el rionegrino de 38 años que lo inventó una tarde de trabajo solidario y terminó con unas botas enormes puestas y el celular apuntándole a la cara. Esta es la historia de un pibe de Cinco Saltos criado por sus abuelos, que estudió música, estudió teatro, pasó por la radio y encontró en un personaje que no planeó la manera de llenar teatros y hacer reír a media Argentina con el estereotipo que todos conocen pero nadie se había animado a contar en voz alta.

Mario nació en Cinco Saltos, en la provincia de Río Negro, y cuando tenía cinco años sus padres se separaron. Su madre se iba a General Roca, su padre andaba trabajando por varios lugares, y alguien le preguntó al chico dónde quería quedarse. Eligió a sus abuelos paternos. No fue una decisión difícil, ya que vivían al lado de su casa, y la relación con su abuela era de esas que no se rompen fácilmente. "Yo era el primer nieto", dijo, y en esa frase cabe la explicación entera.

Su abuelo era peón rural, único sostén de la familia, criado en la zona cordillerana de Neuquén, con una visión del mundo que dividía las opciones en dos: estudiar o trabjar. Mario creció entre manzanas y recordó: "Me crió a pura compota hasta los 14". Fue a la escuela primaria del barrio, hizo la secundaria en el colegio que entonces se llamaba John Fitzgerald Kennedy, y ahí empezó a notar algo que todavía no tenía nombre pero que ya funcionaba: que podía hacer reír a sus compañeros sin proponérselo demasiado. No era el del fondo que tiraba papelitos. Era el que con un gesto o una mueca desarmaba al que tenía al lado, mientras él miraba para otro lado con cara de santo.

No sabía qué estudiar cuando terminó. Sus abuelos lo empujaban a trabajar si no había universidad de por medio. Así que trabajó un año, tocó la guitarra, se juntó con un amigo que también tocaba y un día los dos se fueron a Neuquén a anotarse en la Escuela Superior de Música. Rindieron el examen de ingreso, entraron, y arrancó una carrera que iba a tardar más de lo previsto en terminar porque la vida, como siempre, tenía otros planes.

Radio, pastor y el primer escenario

Antes de que la música lo llevara al profesorado, la radio lo llevó al primer micrófono. Un pastor de Cinco Saltos, al que Mario describió con afecto genuino como “muy desestructurado para la época", lo convocó para hacer un programa de mañana, de movilero, poner un poco de humor en la grilla. Ese mismo hombre le prestó el escenario de la iglesia para el primer show, una reunión de familias donde hizo sus primeras cositas frente a gente que no eran sus amigos. Fue la primera vez que el efecto fue real, medible, concreto. La gente se reía y a él le gustaba eso. 

La carrera de música avanzó con los tiempos irregulares que tienen las carreras cuando uno trabaja en paralelo. Mario daba clases en el mismo instituto donde estudiaba, tenía un grupito avanzado, enseñaba guitarra, juntaba horas. Cuando le faltaban solo dos materias y las prácticas para recibirse, el plan de estudios cambió, el nuevo era mucho más largo, y decidió soltar. No definitivamente, pero sí lo suficiente como para anotarse en Bellas Artes Neuquén y estudiar teatro.

La decisión tenía lógica interna aunque desde afuera pareciera un salto al vacío. Un profesor de canto coral en la Escuela de Música, un tal Damián, había estado meses diciéndole a Mario entre risas y exasperación: "Dejá de joder, hijo de puta, ¿por qué no estudiás teatro o algo así?" 

En el teatro encontró lo que buscaba: herramientas, estructura y la posibilidad de ordenar lo que hasta entonces salía solo por impulso. Se recibió de técnico en arte dramático antes que de profesor de música. Y con esa formación encima, con años de guitarra y de radio y de hacer reír en bodas y cumpleaños de quince, llegó la pandemia. Y con la pandemia, llegaron las botas.

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El día de las botas

No fue un plan creativo. Fue una tarde de sábado en un barrio de asentamientos donde fue con un grupo de amigos de la iglesia a hacer trabajo solidario. Cambiaban techos, llevaban ropa, ponían mano de obra donde hacía falta. En esa jornada, en la casa de una señora que donaba ropa, la mujer lo miró a Mario con sus zapatillas y le dijo que se quedara con unas botas enormes que tenía para no ensuciarlas más en el barro y él se las puso. 

Con las botas puestas, una camisa vieja y las ganas de joder a su compañera de vida que ya estaba curada de espanto de sus bromas, Mario agarró el celular y empezó a hablar. No tenía un guión. No tenía un personaje construido. Tenía botas enormes, años de observación de cómo hablaba la gente en Añelo cuando iba a visitar a su papá y una cámara mirándolo. Subió el video y en unos pocos días aparecieron millones de reproducciones, que al inicio, lo asustaron.

El Petroka recorre el país

El personaje no tiene nombre oficial todavía en ese primer video, pero la frase que lo define sí. Una profesión tan reconocida para cualquier patagónico que la gente lo denominó “Buena Petroka”. 

A raíz de ese primer video, una productora de Buenos Aires lo contactó y le propuso hacer un streaming durante la pandemia. Desde el garaje de un amigo, con luces, micrófono y fe montaron un escenario y vendieron cerca de 170 accesos. Para Mario fue un colapso: había cierto interés real, más allá de los videos. 

El primer show en teatro fue en Cutral Co, después en el Casino Magic. También hicieron temporada en Las Grutas con sala casi llena de martes a domingo durante mes y medio, un promedio de 180 personas por función en una sala de 210. "Nos malacostumbramos", dice y se ríe.

Hoy el Petroka tiene tres shows escritos, llena salas en Neuquén, Río Negro, Santa Cruz y Chubut, y en Comodoro Rivadavia donde tiene más seguidores que en cualquier otra ciudad argentina, lo que tiene una lógica perfecta: la Cuenca del Golfo San Jorge tiene su propia historia petrolera y sus propios estereotipos que reconocer en el personaje.

La mirada de los petroleros

La mayoría de los petroleros que lo ven lo toman con humor. Son ellos mismos los que primero viralizaron los videos, los que le mandan mensajes contándole anécdotas de sus propios compañeros que son calcados al Petroka. Pero el crecimiento también trajo los que se ofenden, los que lo acusan de burlarse, los que en las redes le escriben cosas que Mario no va a repetir aquí pero que a veces usa como material nuevo.

El Petroka no es un petrolero. Es un profe de música de Cinco Saltos que se puso unas botas prestadas en una tarde solidaria y encontró en ellas algo que llevaba años buscando sin saber muy bien cómo nombrarlo. Hoy sigue dando clases, sigue viviendo en Cinco Saltos, sigue laburando con la misma productora que confió en él desde el principio. Y el 19 de septiembre va a estar en General Roca, en la Casa de la Cultura, con el tercer show ya escrito y una sala que probablemente se llene antes de que alguien tenga tiempo de leer esta nota.

Etiquetas: El PEtrokaNeuquénrío negrovaca muerta

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