“Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad, guardaba todos mis sueños en castillos de cristal. Poco a poco fui creciendo”, podría cantar alguna de las pequeñas empresas locales que comenzaron sus tareas en los años ’80 en el Alto Valle, al calor de la fruticultura. Muchas soportaron los vaivenes de la economía y, con el boom de Vaca Muerta, comenzaron a vivir otra realidad.
Quienes vivimos en la región desde las últimas décadas del siglo XX vimos cómo el escenario cambió. De aquel valle lleno de frutales se pasó a otro donde el horizonte se recorta con torres de extracción de hidrocarburos. La superficie productiva cayó, la cantidad de chacareros también, y la importancia del sector en la economía regional se redujo, mientras desde las entrañas de la tierra emergen dólares en forma de gas y petróleo.
Atrás quedaron, en los años sin internet ni teléfonos celulares, el ruido nocturno de las bombas contra las heladas. Más cerca en el tiempo, se recuerdan los camiones cargados de fruta cruzando rutas, cuando el petróleo era algo asociado a Cutral Co y Plaza Huincul, ciudades que se visitaban para ver un familiar o competir en deportes, y que llamaban la atención por la cantidad de camionetas Ford F100 blancas. En el Alto Valle, en cambio, las F100 eran herramientas de chacra, poco vistas en las ciudades bajas donde el cielo se desplegaba entero y el sol caía sin obstáculos.
La vida en la chacra tenía sus horarios, y las ciudades acompañaban ese ritmo. La siesta era sagrada, y en primavera y verano la actividad alcanzaba su esplendor, que culminaba en las puertas del otoño con las fiestas populares. En caminos de tierra o rutas, el vehículo más grande que se cruzaba era un camión de peras y manzanas, una fumigadora o un tractor.
En las últimas décadas, la superficie cultivada se redujo en un 30%. La última medición, en 2024, marcó 29.482 hectáreas, 14.000 menos que diez años antes, cuando se contaban 43.356. El Alto Valle, que llegó a producir el 90% de las peras y manzanas del país, cambió. Muchas chacras se convirtieron en loteos, otras en áreas de exploración, y solo algunas se mantuvieron como frutales, dando todavía color a la región.
La nostalgia de aquellos tiempos se enfrenta al espejo de un nuevo progreso. A medida que la fruticultura retrocedía, Vaca Muerta despertaba. Desde su confirmación en 2012, la producción no dejó de crecer y mes a mes alcanza récords de gas y petróleo. En agosto de 2024 se produjeron 826,8 Mbbl/día (miles de barriles por día), un 14,9% más que un año antes y casi un 2% más que en julio, cuando se habían registrado 811,2 Mbbl/día. Apenas a 20.000 barriles de los 855.000 de junio de 1998, la mejor marca histórica.
Con el auge del shale, la región se transformó. Lo que antes era propio de la “comarca petrolera”, donde YPF era reina, se extendió a nuevos territorios de Neuquén. Añelo, Rincón de los Sauces, San Patricio del Chañar, Allen, la capital neuquina y sus alrededores pasaron a ser parte del mapa de la industria oil & gas.
Una imagen ilustra el cambio: en el ingreso a Allen, en la intersección de Martín Fierro y Haydee Coila, donde hace diez años funcionaba un galpón de empaque que recibía de madrugada a trabajadores en bicicleta o moto, hoy se levanta la base de una empresa de servicios petroleros. El estacionamiento está repleto de camionetas con logos empresariales.

El paisaje urbano también mutó. De pueblos de casas bajas se pasó a ciudades con grúas de obra y torres vidriadas que cortan el cielo. Calles y rutas están copadas por camionetas, en su mayoría blancas, mayormente Toyota Hilux, con la identificación de las empresas a las que pertenecen.
Ya no hay una sola reina. YPF sigue siendo la principal productora y motor de la industria en Vaca Muerta, pero convive con operadoras nacionales e internacionales, con un enjambre de empresas de servicios y pymes que florecen a la sombra del petróleo y el gas. Los mamelucos azules ya no dominan: cada compañía tiene su color, y el paisaje también se tiñe de esas marcas. El fuego de venteo y las nubes de vapor completan el nuevo horizonte.
Donde antes circulaban camiones de manzanas, hoy pasan los de arena para el fracking. Lo que antes se veía —la fruta que partía en camiones— ahora es invisible: el gas y el petróleo viajan en ductos subterráneos. Lo que se ve son las obras y las máquinas gigantes de los yacimientos, que a veces obligan a cortar rutas.
A nadie sorprende ya ver torres de extracción a pocos metros de las ciudades: forman parte del entramado social. Neuquén siempre atrajo trabajadores de otras provincias —por beneficios salariales, por el desarrollo de la PIAP—, pero nunca como ahora la provincia recibió tanta población nueva, atraída por Vaca Muerta.
El Alto Valle cambió. De chacras que regían el ritmo de vida a un entramado de hidrocarburos que mueve la economía nacional. La historia de la región no es la de un reemplazo, sino la de una transformación: de la fruta que dio identidad, al gas y el petróleo que hoy dan futuro.







