La victoria de Donald Trump fue un nuevo bálsamo para el gobierno de Javier Milei, que en términos de macroeconomía viene recibiendo buenas señales y que mira con expectativas todo lo que pasa de este lado del mapa, en la floreciente región donde impera Vaca Muerta.
Con la inflación por el momento domada, la brecha cambiaria con rienda corta y las exportaciones mostrando un aliciente que hasta hace meses no se experimentaba, el barco de la economía da la sensación (sin mirar demasiado la micro) de navegar por aguas diáfanas y sosegadas. En el mundillo de los hidrocarburos, las buenas noticias vuelan bien visibles (YPF duplicó la exportación de petróleo y metió récord en la fractura horizontal de un pozo; Pampa Energía prometió nuevas inversiones; se inauguró la reversión del Gasoducto Norte), mientras los reparos y las dudas reptan de manera subterránea.
El petróleo es la vedette del momento, el que se lleva luces y marquesina. Rompió marcas el mes pasado de cantidad de barriles por día, YPF exporta como nunca y como la brecha de precios (nacional e internacional) ronda el 4% de diferencia, hay cierta previsibilidad y los augurios proliferan. Los actores centrales (y sobre todo el gobernador Rolando Figueroa) esperan ver pronto reglamentada la modificada ley 17319, sobre todo el famoso artículo 6 (que ponía adelante al mercado interno por sobre el externo), incluidos en el fárrago de la Ley Bases.
Esperan por más libertades, aperturas, caída de barreras a las exportaciones. ¿Habrá todo eso de golpe? La música libertaria por ahora suena bastante bien en los oídos de quienes manejan las riendas de Vaca Muerta, aunque el “de golpe” está atado de demasiadas variables: macroeconomía, inflación, riesgo país, RIGI, ¿autoabastecimiento? y la concreción de obras estructurales como el oleoducto Vaca Muerta Sur, un tubo de ensueño que transportaría solito 500.000 barriles diarios hacia el Atlántico.
Ahora, en las fauces de la Roca el combustible por excelencia es el gas, del que se habla menos porque tiene una ventana de tiempos de explotación mucho más larga. Y de él hablaremos en estas líneas, con una suerte de travesía al pasado para entender el presente y ver qué coordenadas se deberían tomar a futuro.
La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) reconoce que la demanda global de petróleo comenzará a caer a finales de esta década, sobre todo porque los países centrales y las potencias ya iniciaron la carrera firme hacia la transición energética. Y justamente el gas es el combustible-llave hacia esa transición tan importante para la descarbonización del planeta que, por cierto, es uno solo y está bastante castigado.
Vaca Muerta es la segunda reserva más importante de gas del mundo y, a esta altura, ya es un hecho que será un exportador del combustible en firme (del natural y de GNL), aunque llevarlo de manera ininterrumpida a Brasil (acá cerca) todavía tiene sus complejidades y se necesitará, sobre todo, obras de infraestructura, buenas decisiones y regulaciones ajustadas a los tiempos.
Hacia atrás, tiempos de Estado
Históricamente, el del gas fue un mercado que tuvo más intervención estatal que el del petróleo. En nuestro país se comenzó a utilizar el manufacturado de carbón ya en el siglo XIX, a partir de la cabeza de un ingeniero británico, James Bevans, que encendió por primera vez el alumbrado público a fuerza de ese combustible durante las celebraciones del 25 de mayo de 1823, hace más de 200 años. La primera fase del gas se circunscribe a 1856, con el establecimiento definitivo del alumbrado externo e interno en Buenos Aires, y con la instalación de la fábrica y gasómetro en la Avenida del Libertador, sede hoy de la Plaza de la Fuerza Aérea Argentina.
El proceso se expandió rápido y para la última década de ese siglo ya existían en Buenos Aires cuatro compañías dedicadas a la iluminación mediante el uso de gas manufacturado de calles, plazas y algunos edificios, y en 1897 se inició la fusión de diferentes empresas, lógicamente todas británicas, que continuaban iluminando las calles bonaerenses y haciendo dinero, hasta que en 1914 la primera Guerra Mundial dificultó el suministro de carbón y viraron el Core del negocio para dedicarse a distribuir gas para cocinar.

La génesis estatal se llamó Departamento de Gas (1945), prestaba servicios en la capital y dependía de YPF, pero en 1946 surgió la Dirección General de Gas del Estado y se dio la primera gran conexión con la Patagonia, que comenzó a ventear gas natural. Con mucho impulso de JD Perón y Frondizi, y en poco más de 45 años (del ’46 al ’92), Argentina pasó de 190.000 instalaciones domésticas (6%) a cerca de 5.000.000 (45%) en 18 provincias, con un precio de transferencia bajo pero la fuerte decisión de destinar parte de la renta de YPF a la construcción de gasoductos y redes de distribución de Gas del Estado.
Cuestiones Turcas
Antes de su privatización en el gobierno menemista, Gas del Estado era considerada por diferentes organismos internacionales como la tercera mayor empresa de su tipo en el mundo, y sus documentos propios indicaban la necesidad de expandir el mercado interno frente a una relativa saturación futura. ¿Por qué se privatizó? No tanto por ineficiencia, más bien por una política de precios que manejaba el propio ministerio de Economía.
La reforma y privatización de la industria del gas en 1993 da un giro de 180 grados porque define la negociación libre de los precios en la PRODUCCIÓN de un mercado todavía concentrado y con pocos vendedores; en TRANSMISIÓN crea dos empresa (TGN y TGS) con tarifas máximas reguladas (Price cap, que se revisa cada 5 años) que no puede comprar ni vender gas; en la DISTRIBUCIÓN surgen 9 compañías, hay Price cap y nuevos perfiles de usuarios; y las autoridades regulatorias son la secretaría de Energía y el flamante ENARGAS.
Durante ese período, del ’93 a 2002, se suman casi 1,5 millones de nuevos usuarios al servicio de gas natural y se exporta a Chile, Brasil y Uruguay, pero sin respaldo de reservas. Como las transportistas no están obligadas a ampliar sus instalaciones más allá de las inversiones obligatorias previstas en la licencia, TGS realiza 850 kilómetros nuevos de gasoductos (el sistema ya tenía 6.550 Km.), un magro 13% más, aunque aumentó la capacidad de venta un 46%. La estrategia TGN fue similar y se concentró en expandir la exportación (gasoductos nuevos financiados por las empresas).
En una cancha con jugadores más liberados, con nuevas aperturas, ¿es tan lineal pensar que todo desencadenará en más producción, más exportación y mejores precios?
La realidad es que la tarifa de transporte hubiese permitido la financiación de nuevos gasoductos, igual que de redes de distribución. Y como estábamos en tiempos de Convertibilidad, la apreciación de la moneda ocultó el incremento en dólares de las tarifas y significó un retorno de las inversiones acelerado, en tanto era previsible que un esquema de moneda apreciada no resultaría sostenible en el largo plazo, aunque el incremento en billete verde en las facturas no fuese percibido en ese momento por los consumidores, facilitando la expansión de la demanda.
Nuevo siglo, viejos dilemas
La caída de la convertibilidad sabemos bien lo que generó, y la crisis energética comenzó a manifestarse en 2004 con el declive de las reservas a partir de un contexto mundial que cambia, sobre todo por el peso que comenzaron a tener las centrales térmicas de generación de energía eléctrica a partir de ciclos combinados, con una eficiencia muy superior del gas (del 25% al 45%), y el plus de emitir menos CO2 al ambiente.
Y el “coctel (im)perfecto” se produce cuando el precio internacional, que entre el ’93 y el 2001 rondó 1,4 dólares por MBTU, saltó a 8 dólares por MBTU en 2005 y el nacional se desacopló porque (devaluación mediante) hubiese sido un golpe mortal para los bolsillos, ya que los precios del gas deberían haber aumentado un 1700%.
Lo demás es todo historia más contemporánea y conocida, hasta nuestros días: los intentos de otorgar señales de precios para revertir el descenso de la oferta de gas natural; el programa “gas plus” de 2007; los anuncios en 2009 de que existen “dos Loma de La Lata en arenas compactas”; el conflicto entre “gas nuevo” y “gas viejo”; el permanente tensión que genera el autoabastecimiento; “Plan Gas”; costos más altos en el monómico de la energía eléctrica por el declive gasífero; esquemas de subsidios permanentes; miles de millones de dólares de pérdida en la balanza comercial (caída de las exportaciones, conflictos con Chile); ingreso de GNL a precios onerosos; falta de infraestructura y muchos etcéteras.
Ahora bien, con reservas infinitas y a 20 años del inicio de aquel declive, los interrogantes se repiten, aunque a partir de Vaca Muerta y la explotación de los no convencionales, el escenario haya cambiado (mejorado). En una cancha con jugadores más liberados, con nuevas aperturas, ¿es tan lineal pensar que todo desencadenará en más producción, más exportación y mejores precios?

Está claro que los mercados del petróleo y el gas funcionan con botoneras diferentes, y que después de experiencias estrictamente estatales y estrictamente privadas, hay que encontrar el mejor esquema para un período que es muy diferente a los anteriores, porque hoy existe una suerte de “estado de abundancia”.
Para el caso, nadie duda que el segundo tramo del gasoducto NK (que debería conectar Salliqueló con San Jerónimo) es una obra medular para atacar frentes diversos en lo energético-económico-financiero, pero además porque se logra fluidez y competencia a lo largo de todo el año. Ahora, ¿quién la hará? Una pregunta fundamental, como también saber cómo y bajo qué metodologías se fijarán precios, regulaciones e intervenciones.
Mucho de ello quedará dilucidado cuando se reglamente la 17319 tuneada, aunque es importante remarcar que poco hay en la ley y sus modificaciones sobre gas.
Mientras tanto, el petróleo continúa en marquesina batiendo récords, sumando logros, siendo la estrella de una cuenca que hoy es mirada por el mundo entero. Ya será tiempo de hablar largo y tendido de gas, aunque aquí nos hayamos anticipado un poco.







