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VacaMuerta.ar Historias Debidas

Añelo, la ciudad de los dos corazones

Martín Castro por Martín Castro
20 de febrero de 2025
en Historias Debidas, Neuquén, Vaca Muerta
7 minutos de lectura

En Añelo se ve la Luna todo el día. El único satélite natural de la Tierra habita en el corazón de Vaca Muerta. La Luna no sale en Añelo, la Luna está todo el día en el cielo de Añelo, el corazón de Vaca Muerta. 

El centro cardíaco de la actividad de los hidrocarburos está ubicado a 140 kilómetros al noroeste de la capital provincial, el corazón económico y político de Neuquén. Una distancia menor en kilómetros, escasa en la toma de decisiones, que vuelan en milésimas de segundos por internet, pero extensa en el desarrollo. En Neuquén capital la Luna no está todo el día, solo visita la ciudad de noche.  

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Añelo y la ciudad de Neuquén están unidas por el petróleo, cercanas geográficamente, pero distantes en el desarrollo y cada vez más alejadas en infraestructura. Esa contraposición marca la vida de los trabajadores del petróleo y sus familias. Añelo y Neuquén las une el petróleo, una larga hilera de álamos y la barda y las separa su historia.

Yendo un poco para atrás, donde hoy emergen gas y petróleo a montones supo haber un fortín de defensa de la campaña argentina Conquista del Desierto, desde 1879, cuando el mayor Saturnino Torres y su tropa mataron al cacique Baigorria y con 100 hombres, que eligieron la parte baja de la barda para asentarse, se instalaron para trabajar la tierra. El 20 de octubre de 1915 la localidad fue fundada oficialmente por el Poder Ejecutivo Nacional. 

Desde entonces se convirtió en una zona de campesinos, camino al norte de la provincia, donde el petróleo era algo que pasaba en otras ciudades. 

Camino a Añelo

Los 142 kilómetros que separan Añelo de Neuquén capital pueden describirse como una cordón eterno de álamos y mesetas, que conviven sin alterarse en armonía y que son el marco de un cuadro en constante movimiento. 

La ruta es un reflejo de los cambios, del paso del tiempo y de la evolución. La infraestructura cada vez más imponente de Neuquén, una ciudad que va camino a la metrópolis, comienza a desvanecerse con los kilómetros y darle espacio a los campos productivos, todavía activos, de frutas, un escenario que se sostiene, que resiste, pero que no puede disimular el ritmo frenético del petróleo y son testigos de miles de camiones, combis y camiones que ocupan las rutas todo el día, todos los días. 

La meseta y los álamos no se inmutan, se mantienen como si la identidad de la zona dependiera de ellos. La armonía de todos los tonos de verde y marrones que encuadran el camino se ven interrumpidos por algunas localidades, como si fueran puntos del código morse. 

No hay un gran cartel, no hay una señal especial, Añelo no empieza donde está el letrero de ingreso. Añelo aparece lentamente con las primeras llamas de venteo de gas que flotan en el horizonte, sobre las mesetas y álamos y recortan el cielo. 

De un lado del camino y del otro, el gas florece en forma de fuego, y lo que en algún momento fueron plantaciones verdes, hoy son el reflejo de un industria que requiere metal para funcionar: caños, camionetas, camiones, galpones y máquinas de todo tipo, color y tamaño. Allí comienza Añelo. 

Dos corazones

En el ingreso este de Añelo hay dos corazones que encierra el nombre de la ciudad, lo que parece un hecho artístico, romántico, es una descripción de una ciudad que tiene dos corazones productivos, geográficos y humanos. Son dos ciudades en una.

Por un lado la tradición del campo, de los viejos vecinos y los barrios del bajo, por otro el petróleo, los petroleros y la meseta, que parece el segundo piso de la localidad con balcón y todo. 

Abajo, o al sur de la ruta, Añelo es Añelo. Una ciudad con su calle principal de dos manos, una plaza principal rodeada de la municipalidad, la comisaría y algunos locales y debidamente resguardada por esculturas talladas en los árboles. Sí, en Añelo los árboles toman formas. 

El variopinto de diseños de casas de cualquier ciudad convive en Añelo con la uniformidad de las nuevas construcciones, cientos de viviendas similares construidas de manera modular. Lo que no es negro, es gris o blanco. 

El otro corazón de la ciudad, el de la parte de arriba de la meseta, donde se formó una segunda ciudad tiene otras formas. Calles de tierras, copadas por camionetas y casas iguales sometidas al sol, que llega sin ninguna protección y golpea con total crudeza.

“No soy de acá”, dijo la empleada de un comercio. “Llegué desde Jujuy hace un año para trabajar”, agregó y consultada por su estadía remató: “No sé cuando me voy, cuando junte un poco más de plata”. No es una historia aisladas, es la representación de lo que viven muchos de los nuevos vecinos de la localidad, de poco más de 9 mil habitantes según el CENSO, pero duplica o triplica su población diariamente gracias al petróleo. 

“Acá muchos son nuevos, vienen trabajan un tiempo, hacen plata y se van”, concluyó la empleada comercial. 

Un día de semana cerca del mediodía, el centro de la ciudad muestra una imagen pueblerina, cancina y lenta, nada de apuro. En el centro de la plaza un grupo de mujeres rusas venden frutas y verduras. No son visitantes, ni trabajadores ocasionales, son representantes de una comunidad que se armó en un campo en la afueras de la ciudad, cerca del río, que trabajan la tierra y viven alejados de la modernidad, como si el tiempo se hubiera detenido. Todos los conocen, todos le compran. 

El ritmo se acelera cuando el sol comienza a menguar, los rayos pierden vigor y la ciudad lo gana. Es el momento en que miles de empleados de las empresas petroleras terminan sus tareas y empiezan sus vidas, los mamelucos copan las calles. 

No importa la temperatura, ni el día, ni la hora, en Añelo los mamelucos azules, rojos, grises, naranjas, son parte de la escenografía. 

“Acá había poco, era un pueblo tranquilo, ahora hay más movimiento, ya no nos conocemos todos con todos, porque muchos llegan, están un tiempo y se van. Capaz si hubiera más cosas se quedarían”, cuenta una vecina que hace 20 años vive en el pueblo, pero se crió en un campo cercano. 

Esa idea es recurrente. “Es el huevo o la gallina, ¿hay poca oferta de entretenimiento y desarrollo porque hay poca gente o hay poca gente porque faltan cosas?”, se preguntó otro vecino que lleva 30 años en su comercio y que cada vez tiene más trabajo. 

“Lo que no falta es trabajo, hay trabajo para todos acá”, afirmó y lo que pasa en la parte alta de la ciudad le da la razón. El parque industrial crece a ritmos acelerados y más de 15 mil vehículos llegan a la ciudad todos los días. 

El corazón del Añelo de principios de siglo late en sus vecinos, algunas plantaciones y una historia que está en el aire; el corazón del nuevo Añelo está bajo tierra en formas de gas y petróleo, florece en forma de metales y mamelucos, pero le da vida una localidad que fue un fuerte de resistencia y ahora es la esperanza de una zona, una provincia y un país. 

Etiquetas: añeloNeuquénvaca muerta

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