La Planta Industrial de Agua Pesada de Arroyito (PIAP) lleva casi una década paralizada. Vaca Muerta lleva casi 15 años de desarrollo. Una necesita volver a empezar, la otra necesita diversificar su impacto, impulsar la industrialización de la provincia para que todo lo que brote del subsuelo genere nuevas oportunidades.
Sus realidades son muy diferentes, su distancia geográfica es mínima y sus caminos parecen unirse. La Comisión Nacional de Energía Atómica tiene en análisis una propuesta de reactivación de PIAP con el gas de la cuenca Neuquina. No es solo un proyecto, sino que es una señal de que el gas de Vaca Muerta puede hacer algo más que salir por un caño hacia el exterior. Puede transformarse en un producto industrial de alto valor, con demanda global y capaz de generar empleo calificado en suelo neuquino.
La apuesta busca aprovechar las ventajas energéticas de Neuquén para transformar gas natural y electricidad en un producto de alto valor agregado con demanda internacional. Esa frase resume una aspiración que la provincia viene postergando desde que el shale despegó: industrializar el recurso en vez de exportarlo tal cual sale del pozo.
El gas y la energía representan la porción mayoritaria en la estructura de costos para fabricar agua pesada, lo que otorga a la PIAP una ventaja competitiva inigualable frente a cualquier competidor global, con acceso directo a la materia prima. Dicho de otro modo: lo que para otros países es un problema de aprovisionamiento caro, para Neuquén es abundante, barato y está en la puerta de la planta.
Las firmas Saesa y Spark vieron esa ecuación y presentaron ante la CNEA una iniciativa privada para reactivar el complejo de Arroyito. El proyecto contempla una inyección de unos 120 millones de dólares para modernizar una planta que carece de actualizaciones de capital significativas desde su inauguración en 1993.
Desde Saesa aseguran la provisión de gas natural y gestionan la venta del producto final con compradores internacionales, mientras que la firma de ingeniería Spark asume el desafío técnico de la rehabilitación.

El contexto global rara vez fue tan favorable para Vaca Muerta, para Neuquén y para la PIAP. El agua pesada es un insumo indispensable para el funcionamiento de las centrales nucleares que operan con uranio natural, pero también tiene aplicaciones crecientes en sectores vinculados a la salud, la biotecnología, la industria farmacéutica y la fabricación de componentes tecnológicos avanzados. A eso se sumó un factor que aceleró la demanda en los últimos años: la industria tecnológica exige agua pesada para el desarrollo de semiconductores y microchips, elementos fundamentales en el despliegue global de la inteligencia artificial.
El mercado global registra un déficit sostenido del insumo. La producción mundial de agua pesada promedia las 350 a 500 toneladas anuales, mientras que la demanda global habitual se mantiene en un rango similar, de 300 a 450 toneladas por año, pero con un horizonte de crecimiento que llegaría a las 1000 toneladas, con pocas plantas capaces de dar abasto. La PIAP fue diseñada con una capacidad de 200 toneladas anuales, una de las más grandes del planeta.
Lo que Neuquén necesita que cambie
Vaca Muerta produjo 101,19 millones de metros cúbicos diarios de gas en abril de 2026, una baja de 0,08% respecto de marzo, pero una mejora de 10,91% frente a abril de 2025, según la subsecretaría de Hidrocarburos. Estos datos no están alejados del récord de julio de 2025, cuando se superaron los 118 millones de m3 diarios, por lo que se espera que en invierno se logren nuevos hitos productivos.
Sin embargo, la provincia sigue siendo esencialmente exportadora de materias primas energéticas. La industrialización del recurso —convertir gas en productos con mayor contenido tecnológico— es una deuda que el boom de los hidrocaburos todavía no saldó. La reactivación de la PIAP aparece como una oportunidad para diversificar la matriz industrial de Neuquén más allá de la producción de hidrocarburos.
El proyecto busca posicionar a la provincia no sólo como proveedora de energía, sino también como generadora de productos industriales estratégicos destinados tanto al mercado interno como a la exportación. El modelo propuesto —concesión privada, activo en manos del Estado— también despeja el debate político: la planta continuaría siendo propiedad del Estado nacional y la operación se realizaría bajo un esquema de concesión con licitación abierta.

La parálisis de la PIAP tiene un costo documentado. Sin actividad desde 2017, conserva tareas de manentimiento. En 2022, Argentina importó agua pesada desde Rumania por US$ 5,3 millones; en 2025 compró 18.000 kilogramos a la India por US$ 9,9 millones, luego de que una licitación previa resultara desierta. Son divisas que salen para comprar afuera lo que la planta de Arroyito podría producir con gas neuquino.
El Gobierno nacional confirmó que la CNEA elabora actualmente los informes técnicos y los pliegos licitatorios para la reactivación y el "revamping" de la unidad productiva. Pero el Plan Nuclear Argentino, anunciado por Milei en diciembre de 2024, todavía no entró en vigencia formal.
Los ejecutivos del consorcio advierten que las demoras administrativas habituales amenazan con agravar el deterioro físico de los equipos inactivos. La celeridad de respuesta del Estado definirá el éxito de una iniciativa que conecta directamente los recursos de Vaca Muerta con los mercados tecnológicos de exportación.
Neuquén tiene el gas. Tiene la planta. Tiene la demanda global y tiene un privado dispuesto a invertir.







