Vaca Muerta mira al Permian como un espejo, pero no como una fotocopia. Así lo plantearon en un evento de MEGSA Gabriela Aguilar, presidenta de la Cámara de Comercio Argentina Texas y consultora estratégica, y Gustavo Perego, director de ABCEB, al repasar qué separa hoy al no convencional argentino del modelo que Estados Unidos perfeccionó durante tres décadas.
La comparación es inevitable: Añelo hoy se parece al Houston de hace 30 años. Aguilar explicó que replicar la receta paso a paso no es una opción para Neuquén y Argentina porque Estados Unidos construyó una capacidad de planificación de políticas públicas y un ecosistema de negocios que no se trasladan de manera automática. "No se puede hacer un plug and play", dijo.
Si bien, no se puede importar el modelo si se pueden aplicar algunas prácticas como ser los pozos laterales que en EE.UU. pasaron de 1500 a 6000 metros y un espaciamiento que bajó más de un 30%, permitiendo mayor cantidad de perforaciones en el mismo terreno. Según la experta, en iguales condiciones, Argentina sigue teniendo costos un 35% más altos.
Tres brechas concretas
Para Aguilar existen tres puntos donde las dos cuencas de hidrocarburos no convencionales más importantes del mundo se distancian:
- Escala de proveedores: Estados Unidos cuenta con al menos 20 compañías de servicios operando en la cadena de valor del shale; Argentina tiene cinco, de las cuales acaparan más del 80% de la actividad. Otra ejemplo son la provisión de arena y el desarrollo ferroviario, resueltos hace tiempo en el Permian, en Vaca muerta siguen pendientes acá y sin soluciones en el corto plazo.
- Infraestructura comunitaria: mientras en Estados Unidos, las operadoras armaron un fondo conjunto para financiar caminos, escuelas y hospitales en las zonas de desarrollo, en Argentina las empresas recién empiezan a coordinarse para pavimentar rutas.
- Ventana geopolítica: mientras el nivel 1 no convencional de EE.UU. ya está al 60% de su límite, las petroleras norteamericanas empiezan a mirar a Vaca Muerta para asegurarse reservas a largo plazo. En ese contexto, la estabilidad nacional frente a conflictos internacionales tiene atractivo, aunque no alcanza para compensar el sobrecosto. "La geopolítica de estar lejos no nos cubre ese 35%, porque eso va a costo", señaló Aguilar.

El RIGI, un paraguas que no llega a todos
El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) se presentó como una herramienta clave para previsibilidad, pero tiene sus límites. Para Gustavo Perego lo pueda pasar en Casa Rosada empieza a ser importante para el futuro. Hasta el momento, los proyectos aprobados son de compañías nacionales, que tienen una curva de aprendizaje acumulada y mayor tolerancia a la volatilidad macro argentina. "Tiene lógica que el primer actor que tenga estómago para la Argentina sea el actor nacional", dijo.
Para el especialista, las multinacionales observan desde afuera con cautela, con las elecciones en el horizonte y la estabilidad nunca garantizada en el largo plazo. Pero, hay otro gris en el régimen: la línea media de la industria y las pymes de servicios locales quedan afuera de un esquema pensado para desembolsos de capital masivos. "El RIGI dio el marco a las grandes inversiones, pero no está cubriendo la línea media; hay que trabajar en cómo potenciar el financiamiento de esa cadena de servicios", agregó.
Brasil: la demanda que no termina de aparecer
Saliendo de las fronteras nacionales, Perego ve en Brasil una oportunidad como comprador natural del gas argentino. Para el especialista, hubo mucho "hype" mediático sobre Vaca Muerta como proveedor de energía brasileño, pero la realidad es otra sin una urgencia real en un país con potencia energética con producción propia y una matriz en transformación.
Para el ejecutivo, hay una interacción entre ambos países, con incentivos concretos, pero que necesita tiempo. Mientras tanto el Mercosur no ayuda. "Es una unión aduanera imperfecta, y el resto es discurso de político", sostuvo sobre el mercado regional.
Lo que falta resolver
El diagnóstico compartido Aguilar y Perego es claro: cerrar la brecha del 35% requiere ampliar la cadena de proveedores de servicios, crear financiamiento específico para las pymes que el RIGI no cubre, resolver logística crítica (arena, ferrocarril) y avanzar en infraestructura comunitaria mediante articulación público-privada.
Que la breca de costos converja en cero no es una decisión unilateral, sino que involucra varios frentes en simultáneo. El primero es la escala: aumentar el número de empresas de servicios no es una meta de corto plazo, pero cada compañía que llegue reduce costos para toda la cadena. En ese escenario, el impulso de polos industriales, capaces de abastecer localmente insumos que hoy se importan o escasean, puede ser una ayuda extra.
Otro frente es financiero, y es quizás el más urgente: el RIGI resolvió la ecuación para los grandes jugadores, pero dejó un vacío en el resto de los jugadores, que son actores fundamentales del procesos y un impulso económico pueden quedar rezagada mientras las grandes operadoras avanzan con sus propias reglas de juego.
El tema logístico, arena y transporte, no es menor, no son detalles técnicos, son la diferencia entre operar a bajo costo o pagar sobreprecio por cada pozo. En ese contexto, mirar como Permian financió de forma conjunta su infraestructura, tan social como operativa, puede servir de ejemplo.
Todas esas variables convergen en un solo punto: la confianza, un sentimiento que no depende de una empresa, de un plan de gobierno, sino de algo más específico que son las reglas de juego a largo plazo. La ventana geopolítica está abierta con un mundo que mira a Vaca Muerta como un protagonista en el futuro cercano, pero todo está sostenido en el tiempo.








Vaca Muerta no se va a desarrollar con discursos ni con promesas de que “hace falta tiempo”. El tiempo, por sí solo, no soluciona una brecha de costos del 35%, ni construye rutas, ferrocarriles, infraestructura ni financiamiento para las pymes.
Si realmente queremos que Vaca Muerta sea el motor del desarrollo argentino, hay que dejar de pensar solamente en las grandes empresas y mirar toda la cadena: proveedores, pymes, trabajadores, transporte e infraestructura. Porque si las grandes operadoras crecen, pero las empresas locales quedan afuera por falta de crédito y competitividad, no estamos construyendo desarrollo: estamos concentrando oportunidades.
La confianza tampoco se construye con discursos. Se construye cumpliendo las reglas, generando previsibilidad y demostrando con hechos que Argentina puede sostener un proyecto durante años.
Tenemos un recurso extraordinario y una oportunidad que muchos países quisieran tener. Lo que falta no es potencial: falta transformar ese potencial en desarrollo real para todo el país. Y eso requiere decisiones, inversión y gestión, no solamente esperar que el mercado haga el trabajo.