Cuando McKinsey publicó su análisis sobre el potencial de la inteligencia artificial en el upstream de petróleo y gas, el número que eligió para titular el trabajo fue contundente: 230.000 millones de dólares de valor disponible para las compañías que logren integrar la IA de manera efectiva en sus operaciones. La cifra es global y apunta a una transformación que la consultora define como la más profunda que vivió la industria desde la revolución del shale. Lo que el informe no menciona es que en la Patagonia argentina esa transformación ya está en marcha.
La tesis central de la consultora es que la IA no agrega valor en los márgenes de la operación sino en su núcleo. Las tres palancas que identifica son reducción de costos operativos, aumento de producción por mayor disponibilidad de activos y compresión de los tiempos de desarrollo. En el Permian, en el Mar del Norte y en el Golfo Pérsico, las compañías que avanzaron más rápido en esa dirección están capturando ventajas competitivas que difícilmente sus rezagados puedan recuperar. Vaca Muerta, que viene cerrando la brecha de eficiencia con el Permian a un ritmo que sorprende a la propia industria, tiene sus propios casos que ilustran ese proceso.
La sala que nunca duerme
El ejemplo más visible es el RTIC de YPF, el centro de operaciones en tiempo real que funciona desde el piso 26 de la torre corporativa en Puerto Madero y que conecta en tiempo real los datos de más de 2.000 pozos activos en Vaca Muerta. Desde ahí, algoritmos de inteligencia artificial procesan información de perforación, fractura, producción y mantenimiento, y el sistema toma decisiones operativas sin que nadie esté parado frente al equipo en el campo.
El caso más concreto de lo que eso significa en la práctica ocurrió en julio, cuando YPF realizó en su bloque Bandurria una operación de fractura hidráulica de 203 horas consecutivas sin intervención humana directa en campo. Fue la más larga de la historia de la cuenca. La fractura autónoma y remota, gestionada íntegramente desde el RTIC, es exactamente el tipo de operación que McKinsey identifica como generadora de valor estructural: menos personal expuesto, mayor velocidad de respuesta ante desvíos y capacidad de sostener operaciones sin los tiempos muertos que implica el trabajo presencial.
Datos que perforan mejor
La inteligencia artificial también está cambiando cómo se toman las decisiones antes de que el trépano toque la roca. Phoenix Global Resources y Helmerich & Payne incorporaron en abril una plataforma de IA desarrollada junto a la firma Corva que procesa en tiempo real el peso sobre el trépano, las revoluciones, la presión diferencial y la velocidad de penetración. Con esa información y el historial de pozos cercanos, el sistema genera recomendaciones operativas que los equipos evalúan y aplican en el momento. El resultado fue el pozo más rápido de la historia de Phoenix: 13% menos de tiempo que su mejor marca anterior y un costo final 15% por debajo del presupuesto.
El VMOS también tiene su propia capa de inteligencia. El oleoducto más grande de la historia argentina fue construido con un gemelo digital que replica en tiempo real cada kilómetro del sistema, desde Allen hasta Punta Colorada. Antes de que el primer barril recorra los 437 kilómetros hasta el Atlántico, el sistema ya fue operado miles de veces en pantalla.
La brecha que se cierra
McKinsey estima que las compañías que integran IA a escala en sus operaciones generan entre 15% y 20% de mejora en métricas operativas clave dentro de los primeros 18 meses de despliegue completo. En Vaca Muerta, esos números tienen correlatos concretos: la velocidad de perforación subió más del 60% en los últimos años, los costos bajaron más del 30% en dólares y el récord de profundidad que Tecpetrol estableció en Fortín de Piedra con 6.579 metros fue posible, entre otras razones, porque el sistema de control remoto desde Buenos Aires le permitió tomar decisiones con una precisión que el trabajo presencial no hubiera permitido.
La brecha con el Permian todavía existe, pero la distancia se achica. Y una parte significativa de ese cierre no viene de mejor geología ni de más inversión sino de mejores datos, mejores algoritmos y mejores decisiones tomadas en tiempo real. McKinsey llama a eso el pay zone de 230.000 millones de dólares.







