Matías “El Tornado” Domínguez baja de la camioneta después de 12 horas en el campo, se pega un baño y se va a entrenar. Tiene 29 años, tres hijos, un diagrama de 14 por 7 en los pozos y una pelea profesional que se viene en dos o tres meses. No le sobra tiempo. Tampoco le falta convicción.
"A veces estoy acostado y digo, no, no voy a seguir esto", cuenta a VacaMuerta.ar. Pero dura poco ese pensamiento. "Realmente es un sueño y me gusta, me gusta mucho el boxeo”, agrega. Y con eso alcanza para levantarse y ponerse a correr en la cinta del hotel, pegarle a la bolsa o salir a entrenar cuando le toca volver a Centenario, donde vive.
Matías es operario en Tacker, una empresa de servicios petroleros que hace el mismo trabajo que Tronador, donde empezó hace casi una década. Arrancó desde abajo, como todos. Boca de pozo, los laburos más pesados, sin experiencia previa y con la necesidad bien clara de un sueldo que en San Juan, donde vivía entonces, no aparecía. "Acá (en San Juan) los sueldos no eran tan altos y dije, bueno, voy al sur", recuerda. Un tío que ya estaba en la industria le dio una mano para entrar. Y entró.
Dos mundos a la vez
Lo que siguió fue una vida doble que pocos podrían sostener. De día o de noche en el campo, según el diagrama. Y en los ratos libres, con los guantes puestos. La carrera amateur entera la hizo así, combinando turnos y peleas, sin que una cosa le cediera espacio a la otra. Bajaba de la camioneta, se iba a pelear y al otro día volvía a trabajar. Con moretones, con los ojos hinchados, con el cuerpo pagando la factura de los dos mundos.

El gusto por el boxeo le viene de chico, de ver videos de Ringo Bonavena y del príncipe Naseem Hamed, un boxeador marroquí-británico que lo fascinó por su estilo. Primero entrenó solo, con una bolsa, por el puro placer de pegarle. Después arrancó en serio en Centenario con Godoy hijo, hizo ocho peleas y dio el salto al gimnasio de Bruno Godoy, el padre, referente del boxeo regional con quien construyó toda su carrera hasta el debut profesional.
El camino amateur no es corto. La Federación exige más de 30 peleas con un récord positivo antes de habilitar el salto al campo rentado. "De 30 peleas, no podés tener 20 perdidas y 10 ganadas, no te dan el okay", explica Matías. Y hay algo más: "Pasa que hay que dedicarle las 24 horas, o sea, te tenés que dedicar a eso. A mí me costó mucho porque lo hice a la par del trabajo".
El año que paró
Hubo un momento en que todo se reconfiguró. Nació su hija, la más chica, la bebé, y Matías dejó el trabajo. No fue una decisión fácil ni bien recibida. "Todos me decían estás loco, vas a pasar hambre”, cuenta. Pero él estaba convencido. Vendió el vehículo, cuidó caballos, vendió licuados, buscó la changuita para el día a día. Sin sueldo fijo, sin la seguridad del campo. "No me arrepiento porque todo ese año lo disfruté, viajé a ver a mi hijo, estuve con los primeros pasitos de la bebé”, agrega.

Tiene tres hijos. El mayor, Mateo, lo tuvo con 16 años en San Juan, donde vivió una temporada y donde se recibió de Maestro Mayor de Obra. Valentino es el del medio. Y después llegó la bebé, que ya tiene un año. "Me perdí mucho trabajando", dice sin dramatismo, con la honestidad directa de alguien que ya ajustó cuentas consigo mismo.
Ese año sin trabajo fue también el año sin peleas. La última fue en marzo, hace ya más de 12 meses. Y ahora está de vuelta en los dos mundos: Tacker lo llamó cuando la actividad se reactivó, volvió sin rencores a la misma empresa de la que había renunciado, y el ring lo espera en dos o tres meses con una pelea todavía sin rival definido pero con fecha en mente.
La realidad del boxeo
Matías quiere que quede claro un punto. "Por ahí la gente piensa que se gana plata en el boxeo y no”. Tres peleas profesionales y la ganancia fue mínima. Se cobra por round pactado, ganes o pierdas, y en el circuito local los números no alcanzan. "Entrenás tres meses para pelear y ganas capaz 300, 400 mil pesos, y hoy no se hace nada con eso”, relata. La plata en el boxeo, dice, aparece cuando salís del país a pelear.

Por ahora, el horizonte más cercano es Centenario. Quiere pelear de local, con la gente, en el lugar donde entrena y donde vive. Sin rival confirmado todavía, pero entrenando una hora y media por día, con la dieta armada, la pechuga y la ensalada en la vianda del campo y los kilos de más que hay que bajar antes de pararse en la categoría Superpluma. "Llego de trabajar, me pego un baño y entreno", repite como si fuera la cosa más natural del mundo. Para Matías Domínguez, lo es.







