En la jerga de la industria hay un nombre casi cariñoso para algo que en realidad es un dolor de cabeza carísimo: "pez". Así le dicen a lo que queda atrapado en el fondo de un pozo —un trépano roto, un caño, una herramienta que se desenroscó por la vibración— y que pasa más seguido de lo que parece.
Mientras ese "pez" sigue ahí abajo, todo el pozo queda parado: el equipo, el personal, las máquinas. Y el reloj no perdona: se queman miles de dólares por día por recuperar, literalmente, un pedazo de metal del tamaño de un puño. El trabajo de ir a buscarlo se llama pesca, y es uno de los más tensos de toda la operación.
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